Minorías Venables

 

MINORÍAS VENABLES

 

Pequeñas minorías, material de propaganda. Claro que todos queremos la paz. Nadie desea la guerra. Porque de hecho todas las guerras son malas, malos los arsenales, sus fábricas y su comercio. La guerra de Irak legítima como la de Afganistán. Lo mismo. La retirada de la coalición, una cobardía. Guerra de Aznar tan justa  como la de Felipe. Se deforma la realidad y además se usa como propaganda. Perverso. La sugestión de la guerra es un nuevo insulto a los españoles. Como si aquí todos fuesen tontos. Hoy por hoy la guerra todavía es una estrategia para la paz.  Como siempre. Si los madrileños del dos de mayo no toman las armas en su defensa, hoy España sería un departamento de Francia como Nueva Caledonia.

Ni feministas ni machistas. Obvio que somos iguales, los mismos derechos y obligaciones. Discriminación ni positiva ni negativa. Hay, afortunadamente, diferencias de sexo. Lo decía el mejicano: “Aquí somos hombres y mujeres y lo pasamos muy bien”. Clarísimo. La ley de igualdad es ignominia contra las mujeres. Hacer, por ley, números y méritos a favor de la mujer, equivale a reconocer su inferioridad también por ley. Es la mujer cuota. Humillante. Crédito en votos, dudoso. Ya están los derechos humanos vigentes y los derechos democráticos que igualan a todos. Y con posibilidad de exigir que se cumplan. Está claro que todas las penas son pocas contra los malos tratos. Son un delito intolerable. Pero, antes de las denuncias, de los procesos judiciales y de medidas forzosas de alejamiento, deberían funcionar los servicios sociales, las conciliaciones. Es decir, la educación. Las denuncias son ya medida extrema, incluye escándalo y corta el camino de retorno. Tan malo el remedio como la enfermedad.

                 Bienvenida la ley de dependencia. Era necesaria y todos de acuerdo. La sociedad debe ayudar a los ancianos y a los dependientes. Ellos trabajaron antes. Y, aunque sea en silla de ruedas, también votan. Es justo que se acabe con el desamparo de muchos ancianos solos y con la mendicidad de las calles. Acaso sea una buena medida para distribuir los benéficos de las sociedades ricas y compartir el bienestar. Es justo que se ayude a los dependientes y a sus cuidadores. La ley necesita un presupuesto urgente antes de la próxima legislatura. Y necesita un reglamento que  cuantifique el  porcentaje de dependencia y la cuantía de la pensión. Debería suprimir la arbitrariedad de la asistencia social vigente que es fuente constante de conflictos y desavenencias. 

     Entre los colectivos desprotegidos se debería incluir a las amas de casa. Pues sí, las amas de casa. Forman una minoría muy mayoritaria. Claro que votan las amas de casa. Son muchas, cuidan los hijos, trabajan de la mañana a la noche, viven en  España y no en Rusia ni en Argentina, contribuyen a la riqueza nacional y nadie las tiene en cuenta. Sin demagogia, los legisladores podrán entrar en ese mundo inexplorado para resolver su problema laboral que lleva mucho tiempo pendiente. Sueldo y reconocimiento. Cuestión de estudio, poner números al valor de su trabajo, silencio y constante, voluntad política para enfrentar el problema y ahí está el sueldo de las amas casa. Seguro que tendría un reconocimiento en votos.

Los españoles no somos homófobos. Que no nos insulten. Todos conocemos el problema de los homosexuales. Máxime cuando ellos, fuera de excepciones, no tienen culpa de ser lo que son. Hoy nadie rechaza a nadie por sus opciones sexuales. Ni en  teoría ni en la práctica. Y no debería un partido político, por votos, levantar banderas sexistas. El negro no tiene culpa de haber nacido negro, el homosexual no es responsable de ser lo que es. Y en España se acepta sin problemas. Incluso se acepta que legisle sobre sus uniones y herencias y lo que sea. Pero no deberían haber entrado ellos en nuestro, viejo, santo y fecundo concepto de matrimonio que, con derecho exclusivo, corresponde a los heterosexuales que son la gran mayoría. Matrimonio y paternidad no  es lo suyo. Que  respeten ese campo, que es nuestra secular herencia cultural, como nosotros respetamos el suyo. Iguales y diferentes por ley de natura.

Tampoco somos xenófobos, ni enemigos de los emigrantes. El español conoce la emigración por historia y casi por vocación. Yo fui emigrante. Es sangre reciente de nuestra historia. Que no nos engañen ni enturbien esta vieja querencia nacional. Otra vez carne de propaganda y otro requiebro a las minorías. No se debe estar muy seguro de conseguir mayorías. Cada español sabe que lo primero para emigrar es arreglar los papeles. Es de sentido común, lo hacen todos los países del mundo, se trata de un proceso civilizado. Aquí ahora el modelo es tercermundista. Campo abierto. Y cuidado que, en la avalancha, ya no todos vienen a España para mejorar su situación laboral y disfrutar de dulce vida de los países ricos. Hay moros en la costa y los votos pueden resultar caros.

Tampoco aceptamos la ley de memoria histórica. Cuidado que la memoria existe por las dos partes. Los mentores de la memoria, olvidan que los españoles hicimos acto de reconciliación, por el bien de todos. Y si ahora se trata de remover tumbas, que es oficio de necrófilos, hay muertos muy vivos en todas las tumbas de España. Por ambas partes. Dejen a los muertos tranquilos, amortigüen sus resentimientos y su revanchismo histórico. Ya hubo una guerra donde todos salimos perdiendo. Que no, señores de izquierda. La historia es como es y no tiene retroceso. Incluso el franquismo, con luces y sombras, forma parte de la historia de España aun admitiendo  que todas las dictaduras son malas. Las de derecha y las de izquierda, incluido Fidel Castro. Las revoluciones siempre han terminado mal. Intentar reproducirlas ahora es despropósito porque, hoy igual que ayer, se embarca uno en ellas sin estar seguros de quien las puede ganar. Esa ley huele a muerto, rezuma odio, rencor, venganza. Crispa y de votos, poco.  

Las minorías nacionalistas, ya se ve que son rentables. Y los frentes de izquierda como los frentes populares, son de infausta memoria. Los nacionalismos forman  pequeñas minorías que pueden sumar mayorías. Y ese es el peligro. Los nacionalismos radicales son insaciables y sediciosos. Cuanto peor, mejor. Tienen demasiado poder. Son llaves del gobierno de la nación. Extorsionan al gobierno y el gobierno el chantaje. Colmo de indignidad, de desprestigio y de humillación. Falta la ley electoral que limite el poder de decisión del nacionalismo a su propia autonomía y disponga que asuma el poder de la nación el partido más votado. Los nacionalismos separatistas son negativos, disgregadores,  anacrónicos,  antihistóricos, insaciables y conflictivos. Es reprobable la política del gobierno que claudica ante las presiones nacionalistas, que realiza negociaciones esotéricas en las sombras, que desprecia el parlamento y la voz de la oposición. La renta de los votos aquí, es clara.

 

Cereijo

 

 

Orense 2-4-07

La Lección de los Tractores

               LA LECCION DE LOS TRACTORES

 

Son muchos los trastornos que causan en las carreteras españolas a los viajeros las marchas de los tractoristas sobre las calzadas gallegas. Cuando se convoca una huelga de tractores a las carreteras de estas dimensiones buenas razones deben existir para que se realice en términos que se está haciendo.  La huelga es además, ya se sabe, el último recurso que resta a los débiles para defenderse contra la prepotencia de los poderosos o el intervencionismo desmesurado de los gobiernos.  Pero a fin de cuentas, es una protesta legal que siempre llega después del fracaso de muchos intentos fallidos de solución. Cierto es también que una huelga puede enredarse en las más diversas motivaciones a veces ajenas a los mismos intereses agrarios y bajo subterráneas intenciones políticas que casi nunca salen a la luz pública porque acaso también eso entra en el juego de las libertades y el ejercicio de la democracia.

Ya es muy significativo que no sean sólo unos cuantos malos tractores gallegos que esporádicamente hacen un corte de cinco minutos en una vía cualquiera. Es significativo la marcha de estas lentas máquinas se realice en otras muchas carreteras nacionales e internacionales de España y Europa. Tendrán toda la razón del mundo cuando por fin los agricultores se deciden a reivindicar unas condiciones de venta mejores para sus productos.  Si ellos son los productores que mandan sus productos al mercado naturalmente, algo tendrán que decir cuando se tasa el  precio de la leche de sus vacas o cuando se marcan los precios de la carne de sus terneros o el precio de sus frutas, de las patatas, del vino, de cualquier otro fruto del campo.  Absurdamente la agricultura y la pesca, en mataderos y lonjas, son los únicos mercados donde el comprador impone los precios. Se paga la leche según sea la voluntad del comprador, se paga los 'becerros al precio que le ponen en el matadero, se vende el pescado por el precio que señala el comprador.

Seguramente que alguna razón tiene, por lo tanto, la ronca y dura protesta de los tractores de Galicia, de España, de Europa, que resuena en todas las carreteras. Tendrán que negociar conjuntamente el precio de los productos del campo en busca de un punto de equilibrio justo, que descifre esos enredos que tiene montada la Comunidad Europea en su organización agraria, entre las ayudas a la producción y los excedentes productivos, entre la competencia despiadada que se ofrece a las regiones pobres y el castigo que se impone a los excesos de producción, entre los estímulos a la producción y los premios a los que dejen de producir, entre la excelente organización agraria europea y la retrasada agricultura gallega, entre la opulenta Europa y el hambre endémica de otras zonas del mundo.

Cuestiones técnicas que tendrán que resolverse en Bruselas con la presencia de las gentes del campo.  Parece  justo y razonable que se escuche la voz austera y responsable, a veces tímida y indecisa, del hombre del campo, Es justo que se escuche en estos foros que tratan sus problemas. Pues el asunto de refiere al esfuerzo de sus manos, al producto de sus trabajo y a la renta de sus propias explotaciones agrarias, grandes o pequeñas, da lo mismo.  La importancia de una huelga en medio rural gallego, es sobre todo, importante, por el testimonio de solidaridad que ello significa en un sector tradicionalmente resignado, desamparado y sin el menor sentido gremial en la soledad de su medio rural.  Ver a los agricultores gallegos circular en fila, en una huelga solidaria, defendiendo sus propios derechos es, para el campo gallego, mucho más significativo que las tres o cuatro pesetas más que seguramente lograrán por su buena o mala leche.

Uno de los males tradicionales de la agricultura gallega ha sido la insolidaridad de sus gentes.  Carecen de los mecanismos de relación que poseen los trabajadores de la industria, viven dispersos en toda la geografía gallega, dominados por un trabajo caótico y víctimas de una incultura endémica propia del medio rural. Viven en tal soledad que su vida diaria no le ofrece más opciones que recorrer siempre el círculo cerrado de sus ineludibles y variadas tareas agrícolas. No existe ni tiempo físico, ni condiciones de vida, ni información suficiente, ni siquiera la necesaria reflexión para comprender que las cosas en el campo pueden ser infinitamente mejor de lo que son y que la defensa de los intereses de todos se deberá realizarse por el sistema asociativo y la integración de la actividad y el escuerzo común como sucede en otros sectores productivos.

Ya están en la calle las pocas asociaciones y cooperativas agrarias que existen en esta tierra.  Ahí están las poderosas organizaciones de otras autonomías y otras naciones donde el sentimiento asociacionista se ha desarrollado mucho más que en esta tierra. No se sabe las conquistas que se realizarán al final de las negociaciones. Pero en todo caso para la agricultura gallega esta huelga, la presencia de los tractores gallegos en las vías, aunque solo sea por instinto mimético de la que hacen en otras partes, o como simple testimonio, habrá servido además para aprender la lección de la solidaridad del hombre del campo, una solidaridad tan necesaria como difícil de conseguir en Galicia, tanto para trabajar y producir, como para reclamar y defenderse.

                                Cereijo

 

ORENSE 20-4-1990

 

Peligra la Libertad de Prensa

 

PELIGRA LA LIBERTAD DE PRENSA

 

         El horizonte se cubre de nubarrones. Y el peligro se cierne sobre la libertad de prensa, que, en realidad, es el hombre. Aquello de libertad ¿para qué? de Lenin, ha entusiasmado siempre a los marxistas y a sus herederos de todos los tiempos. Los socialistas no aprenden de sus errores y vuelven siempre al lugar del crimen. Desde Felipe González  Montesquieu apenas si se mueve en su tumba. La división de poderes anda enredada en el concepto patrimonial del poder y lo administran como si fuera una hacienda de propiedad exclusiva. Intentan siempre su control absoluto, ejecutivo, legislativo y judicial ¡Y ay del que se ponga en frente! Lo que no cuadra con sus intereses, deja de existir. Con eufemismos y palabras sonoras, incluso con mentiras, crean realidades ficticias. Aparentes verdades. La democracia, la libertad, ahora es para los socialistas como la república era exclusiva de los republicanos. La misma tecla.

 Hace unos años Javier Gómez de Liaño, uno de los mejores jueces de este país, ingenuo y confiado en la independencia de la justicia, se atrevió a poner en duda la gestión del dios Polanco. Pues  allí tiembla la tierra, se enfadan los dioses del olimpo, lanzan proscripciones, rayos, truenos contra el atrevido mortal que se atreve a inferir en su inmarcesible poder. Suspensión de su actividad profesional y persecución inclemente en todos los niveles y en todo el país. Un clamoroso escarnio contra un juez honrado sin culpa. Tuvo que intervenir Bruselas, un tribunal ajeno al clima tóxico de su patria, jueces imparciales y no contaminados, para devolver la inocencia al letrado español y poner al descubierto la malquerencia de los políticos y jueces que lo llevaron al patíbulo.

         Los amaños administrativos de algunas autonomías por establecer vigilancia y control sobre la información, las manifestaciones de grupos radicales contra emisoras no sumisas al régimen, la inclemente presión mediática contra los pocos medios libres del país como son la Cope, el Mundo y poco más, son episodios del mismo cariz contra la liberta de prensa que además confirman la voluntad del gobierno de dominar también el cuarto poder. Callar las pocas voces libres que quedan en el país. Esas voces que tienen una bandera, se unen en el nombre propio de Federico Jiménez Losantos, un objetivo a abatir. Por lo menos, intentarlo. Pero Federico es la  conciencia viva de la unidad de España, es la voz más libre, más valiente que se mueve en las ondas de esta tierra y lucha a favor de la verdad. Tal vez podrán tocarlo;  pero no hundirlo.

Naturalmente que molesta. Estorba la Cope, estorban los obispos, estorba la libertad. Hay verdades muy duras. Recuérdense los enredos que descubría la prensa –no los jueces- sobre la corrupción en la era Felipe. Por eso ahora se adelantan a los hechos. Estamos a principio de legislatura y conviene asentar las reglas del juego. Dos condenas en poco tiempo son preludio de nuevos acontecimientos. ¡Esa dichosa libertad de prensa! ¡Y cuidado los trabajos de este pueblo para conseguirla! Pero si la libertad es obstáculo para el ejercicio del poder se quita la libertad. Si estorba Federico, se le anula y basta. Ese es el caso. Se dispara desde la izquierda y preferible desde la derecha para camuflar mejor el atentado. Si el alcalde de Madrid no es capaz de recibir críticas, ¡pobrecito!, que se defienda en el campo abierto de la política. O que se retire. Porque las sentencias implican violencia y privilegios. Y el exdirector que tiene su honor tan a flor de piel, -acaso en la sangre y entonces sería el honor del piojo del rey- debe reforzarlo con una buena gestión profesional que es precisamente donde están sus daños morales.

 Pues atención que la fuerza telúrica del marxismo, que ya ha barrido como un ciclón el poder judicial, tiene en su punto de mira los pocos medios que se han podido escapar de la órbita de su influjo. Y esto es sólo el principio. Aparecerán montones de jueces amigos dispuestos a recibir a trámite cualquier denuncia dirigida a bajar los humos a los pocos atrevidos mensajeros honrados que quedan en la batalla. A Federico le queda como a Liaño, esperar que razón se recomponga a la otra parte de los Pirineos. Se hará. Y acaso ya para entonces la misma ley implique la compensación a los inocentes y castigo a los prevaricadores. El honor de Federico es su trabajo, su valentía, la fuerza de las causas justas y el escudo invulnerable de la verdad.

Sus colegas de la competencia deberían evitar esas honras fúnebres que tanto disfrutan. Es oficio de villanos y mal nacidos. Y en cambio deberían tomar ya un número en la lista de espera y ponerse a la cola. También les llegará su hora porque la estrategia socialista es inexorable. Detrás de un periódico, de una emisora de radio, de una  televisión, detrás de un periodista, vine otro; y después otro; y otro. Como en Cuba, como en Venezuela. La libertad no es solo informar, no es una retahíla de noticias asépticas preparadas en los consejos de ministros, en las reuniones secretas de los políticos. La libertad de prensa es pensar libremente, es opinar libremente, es defender ideas libremente.

 Poco margen queda al juez para intervenir en su espontáneo ejercicio. Así ha funcionado mal que bien. Pero cuando se desmanda el largo brazo del poder político, en visiones alucinadas de la historia de España, lo devasta todo. Además se debe entender que el problema siquiera es un programa de radio con proclamas libres abiertos a todas las interpretaciones, ni siquiera la desaforada interferencia jurídica ante cualquier alusión personal no grata, ante cualquier metáfora ofensiva, ante el enfermizo sentido del honor de alguien, ante el precio gracioso de unos presuntos daños morales. Hay más. Lo aclara el ministro de justicia, el  político Bermejo. No, la justicia importa menos. Estas sentencias tienen además una finalidad didáctica, con efectos aleccionadores. Un capítulo que faltaba a la educación para la ciudadanía en mano de los jueces. Didactismo jurídico. Que todos tomen nota, que todos aprendan de las  barbas del vecino. Pero  eso se llama intimidación y no justicia. Eso es censura indirecta. Y a partir de aquí ya todo será más fácil, la ley del aborto que niega la vida a los más débiles, la dulce muerte de los ancianos, la nueva ley religiosa y la revisión de los concordatos. Cuando Anasagasti insultó a la familia real con aquello de cuerda de perezosos y flojos era simplemente libertad de prensa. Claro que después de todo, la monarquía también es obra franquista y muy poco republicana.

         Federico, hay mucha gente a tu lado. La libertad es un derecho universal que España consiguió muy recientemente. Es la libertad social  que disfrutan muchos pueblos cultos del mundo. La nuestra es muy débil y corre peligro de involución. Pero la libertad personal es además una conquista laboriosa que madura en el trabajo, en los retos, en los desafíos, en la fidelidad a los principios, en las convicciones, en la práctica del deber. Ese valor humano está al margen de las insidias de los políticos y de los jueces. Tus enemigos, Federico, lo desconocen porque son aduladores, son lacayos, tienen alma de esclavos, tiene roña y envidia de la mala en sus almas. Tus méritos profesionales los deja a todos en la penumbra. Acaso habrá que esperar un tiempo hasta que los jueces extranjeros rehabiliten tu verdadero honor, que es el honor del trabajo y de la verdad porque los nuestros no son de fiar. Y mientras tanto seguiremos escuchando tus mañanas de la Cope que son las mañanas, las tardes y las noches más libres en esta tierra cautiva.                   

 

                                                                 Cereijo

 

Orense 31- 7- 08

Educación Pública y Privada

 

 

EDUCACIÓN PÚBLICA Y PRIVADA

 

       La educación pública y privada son dos caras de la misma amoneda, dos maneras, dos caminos para llegar al mismo destino, dos instituciones diferentes, con pocas diferencias de procedimiento, realizan la misma función docente dentro del mismo sistema educativo del Estado. La enseñanza pública y privada realiza, en paralelo, la misma andadura de la enseñanza en la misma sociedad. Es cierto que el amplio caudal de la cultura moderna sobrepasa los reducidos cauces de toda la educación institucional. Los circuitos de difusión de la cultura se amplían con la ayuda de prensa escrita, la radio, la televisión, interné, la educación familiar, que ya es opción válida en algunos países. Mientras tanto  se reducen los cauces tradicionales de la enseñanza institucional. Aquellos crecen y se modernizan mientras que la escuela, los centros tradiciones, se achican y pierden vitalidad.

 Pero, a pesar de todo, buena o mala, más o menos funcional, la compleja organización escolar moderna que poseemos es la vía más directa y el camino obligado para acceder a la cultura oficial, para llegar a la profesionalización laboral y conseguir las certificaciones que la sociedad exige para entrar a los puestos de trabajo. Desde arriba, las instituciones del Estado orientan, presiden, dirigen y organizan la enseñanza oficial en nombre del derecho a la educación que poseen los ciudadanos. El Estado debe garantizarla. Desde abajo, la iniciativa particular que realiza labores educativas en círculos más reducidos para cumplir objetivos ideológicos muy variados de los distintos grupos sociales. La primera actúa, en nombre del bien común y la segunda ejerce el derecho de libertad y asociación para defender ideologías y valores muy concretos.

        Los puntos de vista ideológicos de ambos sistemas educativos no siempre son coincidentes, ni han sido siempre fluidas sus relaciones de convivencia social. Los objetivos últimos también son diferentes. Si existieron momentos de cordialidad y convivencia en determinadas épocas también han existido tensiones, desacuerdos y  conflictos. El estado se mueve en torno a un supuesto bien común de naturaleza laica, no confesional, y presuntamente aséptica sin que de paso pueda evitar la tentación sumergida, a veces en dirección contraria y no lejos del sectarismo que critican a los contrarios, de alguna ideología concreta disfrazada. El adoctrinamiento del estado. Mientras que la educación privada, además de los mismos fines formativos comunes, se mueve casi siempre por motivos económicos, religiosos, filosóficos, filantrópicos de tonos muy variados. Es la competencia y rivalidad inevitables de dos poderes diferentes sobre el mismo campo educativo que deriva casi siempre en el excesivo intervencionismo del primero bajo razones de bien común frente al hermetismo, a veces dogmático, del otro que se busca la autogestión lejos de la vigilancia oficial.

 Por una parte, aumenta la pereza burocrática y prepotente desde el lado de arriba frente la autarquía sectaria de la otra. La primacía del poder político frente al privilegio elitesco de ciertas ideas, ciertas creencias, ciertos intereses de ciertos grupos poderosos. La manifiesta o simulada ideología, igualmente sectaria del Estado, frente a la manifiesta y contraria ideología de la institución privada. O la eterna ineficacia característica de la gestión pública que lejos de emular la eficacia de la empresa privada, recela y conjura en manifiesta hostilidad contra ella y trata de suprimirla de la legítima competencia.

       No puede pretenderse que el actual régimen de concertación de los colegios privados sea la mejor solución al viejo y persistente conflicto de estos dos poderes. Entre aciertos y errores evidentemente nunca pasará de ser un ensayo más en mantener en buen estado estas difíciles relaciones entre la enseñanza privada y pública. Dentro del marco de una sociedad libre y democrática, pluralista y abierta, posiblemente ya nunca sea posible pensar que una de ellas se vaya a tragar a la otra sin coste social. Ni la postura absolutista de un estado todopoderoso podrá modelar impunemente las conciencias de sus ciudadanos a su manera, que es lo que ofrecen y predican abiertamente los dueños de los colegios privados, ni los grupos privados  herméticos o religiosos de ningún grupo particular podrá desconectar sus funciones docentes del contexto social. y político en que viven. Seguramente la convivencia institucional, en el mutuo respeto, en un clima de tolerancia civilizada, en la unificación de objetivos generales comunes, deberá señalar la formula válida para hacer posible su convivencia pacífica.

       Cuando hoy todavía presenciamos la lucha en ciertos aspectos de los dos frentes; cuando todavía se remueven viejos problemas comparativos entre los dos proyectos educativos;  cuando todavía se habla de horarios laborales diferentes, de equiparación de sueldos, de procedimientos diferenciados entre los dos sistemas; cuando aún se hacen huelgas reivindicativas de los derechos de los colectivos de un sector frente a los derechos de los otros, habrá que tener presente que la educación oficial se mueve al  ritmo lento y moribundo de la función pública que provoca su actual estado de postración y su inevitable fracaso dentro de la vida social, mientras la  educación no oficial se mueve en la dinámica de la empresa privada cuyos mecanismos de eficacia y motivación tienen mayor coherencia. Realidad que evidencia la inercia burocrática y mortal de una y la recia competencia y dura imposición ideológica de la otra y refuerza las diferencias inevitables entre la fuerza creativa de la propiedad privada y la lánguida vida de la función pública.

       Esta importante diferencia clarifica muchos problemas. La organización estatal de la educación es una superestructura anónima, burocratizada, lejana, donde todas las cosas son de todos y nada es de nadie. Funciona con la lentitud de los grandes dinosaurios o simplemente se extingue por falta de condiciones apropiadas. Las  distancias entre el trabajo, el sueldo, la estabilidad, la eficacia docente, son enormemente largas, no se perciben, o simplemente funcionan en dirección inversa. A mayor estabilidad menos responsabilidad, a mayor sueldo menos trabajo. Las ruedas de la maquinaria oficial son demasiado lentas. Además la nómina mensual llega siempre al funcionario sin referencia laboral de ningún tipo, con trabajo o sin trabajo, con eficiencia o sin eficiencia, con responsabilidad o sin ella. Por el contrario la estructura educativa privada es completamente diferente. El sueldo funciona en relación muy estrecha con el trabajo, con la eficiencia escolar, con el trabajo de clase, con la disciplina, incluso con la estabilidad laboral. De tal forma que la nómina mensual siempre tiene relación con la rentabilidad en la empresa entendiendo esta  como se quiera entender, y a pesar de las nivelaciones y contratos colectivos que propugnan los sindicatos.

       En los conflictos, olvidar estas diferencias estructurales, intentar borrar estos elementos diferenciadores  en estos dos campos de la enseñanza, equivale a dejar el conflicto sin resolver definitivamente. Mientras la burocracia educativa estatal se desinteresa como lo está haciendo del funcionamiento de sus centros, mientras la inercia siga siendo la medida de comportamiento de la enseñanza oficial, mientras haya estadísticas ciertas que hablen de la eficiencia de la educación privada y de la mediocridad de la educación estatal; mientras en el reducido espacio de los centros privados esté siempre vigilante la voz de su amo, mientras la educación del estado sea oficial y la privada funcione como una empresa privada, las diferencias en la educación, en el  prestigio de un sistema  y  en el desprestigio del otro,  la diferencia de unos trabajadores y otros, será inevitable. La raíz de los males se mantendrá intacta. Y sólo la afirmación de las diferencias radicales que existen entre los dos sistemas, la autogestión de los centro privados frente a la unívoca gestión pública,  ayudarán a comprender por qué el pueblo español sigue escogiendo colegios privados para sus hijos, haciendo caso omiso de principios ideológicos y religiosos, y por qué los más acérrimos defensores de la educación oficial, ministros, directores generales, importantes personajes públicos, en manifiesta contradicción, mantienen a sus hijos con elevadas mensualidades en colegios privados huyendo de la educación oficial que propugnan y representan.

 

 Cereijo

 

Orense 12-4-89.

Multas de Tráfico

 MULTAS DE TRÁFICO

 

      Las estadísticas de las muertes en las carreteras son siempre alarmantes y crecientes. Secuela del progreso. Su símbolo son las mil cruces que tachonan puntos fatídicos de las grandes autovías de la nación y las sinuosas carreteras comarcales. Es absurda la sangre de seres humanos que se pierde todos los días, todos los años, en el asfalto negro de las vías de comunicación. Es dramática la secuela de dolor y sufrimiento que se pone en juego en accidentes absurdos, en la irresponsabilidad de los conductores que no aprecian su vida ni respetan la de los demás. Las medidas de seguridad que contribuyan a rebajar esta orgía de luto y sangre de los fines de semana, de los puentes festivos y las vacaciones anuales, que se orientan a disminuirlo, por lo menos, deberían ser bien acogidas por todos y aceptarlas con votos de confianza a las  autoridades de tráfico para conjurar el maleficio de los accidentes en carretera.

       Pero desconcierta la tendencia de esta tierra a resolver los problemas por vía negativa. Hasta ahora, sólo se está ofreciendo una serie de medidas coercitivas, intimidatorias y amenazantes, que de entrada desorientan a muchos ciudadanos de esta tierra que tiemblan todavía y tratan de olvidar las arbitrariedades y abusos del poder de los vigilantes de un régimen autoritario no lejano. Se ofrecen multas hasta quince mil pesetas para las infracciones leves, hasta cincuenta y hasta cien mil para las graves y muy graves, retiradas del permiso de conducir y otras  medidas condicionadas a la afectividad base que sufra en ese momento el funcionario de turno. ¡Total, nada! Eso no es nada para el que gana cuarenta o cincuenta al mes! ¿Por qué en este país habrá que resolver siempre los problemas a fuerza de amenazas, multas y cañonazos? ¿No se aprenderá alguna vez que la violencia venga de donde venga sólo genera reacciones violentas y los procedimientos persuasivos y disuasorios son más efectivos que los coercitivos? ¿Y por qué, si se acepta una democracia de derecho, se pretende regresar de hecho a las sañudas prácticas de medidas impositivas y autoritarias?

       Poca es ya la simpatía que los hombres de hierro y uniforme de nuestras carreteras han sabido ganarse en su trato con el ciudadano español que viaja en coche con mucha frecuencia. Y pocos conductores españoles ignoran el despotismo, la mala educación, los abusos y arbitrariedades de los hombres que organizan al tráfico en los cruces de carreteras o acechan escondidos entre los matorrales de un recodo de la vía como espías, como salteadores y delincuentes. Mucho más que ángeles de la guardia de los millones de españoles honestos que trabajan en la carretera se han ido desfigurando en indeseables y atemorizantes símbolos de miedo y de terror. Y todos conocen, bien seguro, alguna zarpada del funcionario de tráfico que sorpresivamente, en un escondite de la carretera aparece, no para aconsejar nada, no para orientar en los peligros de la velocidad o el mal estado de las carreteras, sino para escribir la sentencia inexorable de sus boletas por unos quilómetros de velocidad arriba o abajo  o por pisar unos metros más o menos de raya continua.

       El nuevo proyecto de circulación no rebaja las multas, no rebaja la tensión en la carretera, no habla de la vigilancia directiva y orientadora ni de la amabilidad relajante y buen trato que deben ofrecer los funcionarios a los transeúntes, no habla de medidas preventivas, ni de la diferencia entre los pocos conductores temerarios, suicidas y homicidas que circulan en completa impunidad. No habla de los millones de usuarios honrados que a veces yerran o se equivocan por ingenuidad y sin malicia. Por el contrario se aumentan increíblemente las multas, se retiran los permisos de conducir, se refuerza la violencia represiva y se siembra en alma del conductor, junto al riesgo natural de viajar, el terror a las patrullas de trafico y a los cuidadores del orden. Un clima que recuerda inevitablemente los resabios de regímenes autoritarios que, como viejos fantasmas, sobrevuelan todavía en la conciencia mal disimulada de diseñadores de estos procedimientos, ignorantes de que la represión, el autoritarismo, el miedo, la  represión, las multas desmesuradas aunque vayan acompañas de nuevas técnicas audiovisuales y radares de precisión, no pueden ser el camino para resolver un problema de convivencia ciudadana.

       Todos los españoles saben -y los de tráfico también- que por nuestras vías, se mueven impunemente terroristas de todos los signos, secuestradores, ladrones, traficantes, incluso pilotos suicidas, que burlan clamorosamente los controles legales y la rigurosa vigilancia de los señores de tráfico que no se enteran. Esta fauna indeseable y peligrosa son suficientemente hábiles para evitar las ingenuas celadas de los sabuesos de tráfico, porque ellos previenen los errores fáciles, porque ellos planifican inteligentemente sus movimientos, porque estudian previamente los puntos de vigilancia para esquivarlos, porque ellos diseñan escrupulosamente los peligros, en sentido contrario, como la policía planifica su trampas. Y, sin embargo, el peso de estas normas, hechas a la medida de pocos, pensadas para unas minorías irresponsables, escurridizas, delictivas y peligrosas tendrán que sufrirlas fatalmente,  infaliblemente, como suceda siempre en nuestro pueblo, el usuario del vehículo más desprevenido e ingenuo, el que menos culpa tiene en el asunto, el que casi siempre cumple las leyes, el más indefenso y el que paga siempre todas las cuentas.

       Por lo tanto, si el objetivo de este nuevo plan de tráfico terrestre es cuestión de nostalgias de un pasado superado afortunadamente, pero no olvidado del todo, si se piensa que la solución del tráfico está en la represión impositiva, en las multas alocadas, también sería bueno que se clarificasen las verdaderas motivaciones frente a los ciudadanos españoles. Si se piensa en militarizar de nuevo la situación deberíamos saberlo todos. Si por el contrario el problema de las multas es sólo un mecanismo para aumentar los fondos de los presupuestos de seguridad o un recurso para mantener ciertas situaciones de privilegio y poderío, deberían buscar otros fuentes de ingresos menos abusivas e intentar resolver los conflictos de las carreteras, los accidentes y las operaciones de control por vías civilizadas, por procedimientos de motivación positiva, por el estudio exhaustivo de los comportamientos delictivos y el usuario honrado que comete alguna infracción involuntaria. Sería el otro camino para que los hombres de la carretera recobrasen la simpatía y el cariño del  pueblo que ellos deben ganarse por su comportamiento respetuoso y su buen servicio al viajero más que por sus métodos represivos y que el pueblo sabe apreciar y agradecer generosamente.

         Cuesta aceptar la idea de que el funcionario, es mucho más un servidor, un orientador de los conductores que andan en la carretera, un auxiliar de las situaciones difíciles de tráfico, un guía y un amigo de la gente, que un mayor del ejército. No cuadra bien con la prepotencia que lleva por dentro cualquier jefecillo español por pequeño que sea. Si ni manda a gritos, no es jefe. Y desde luego, no se conseguirá, frente al problema trágico de las carreteras, con esos procedimientos, por muchas y elevadas multas que se impongan, por mucha represión que se emplee, más que exacerbar aún más los ánimos de las personas honradas, desfigurar la ya maltratada imagen de la gente de tráfico, sacrificar a los inocentes y acaso facilitar la actividad de esos procedimientos delictivos, favorecer las maniobras de malhechores y terroristas, que están siendo su verdadera pesadilla y el cáncer de toda la sociedad porque se mueven por  la geografía española con toda impunidad en  desprestigio de las leyes y las autoridades que las impone.

Cereijo

                           

ORENSE 26 - 4 - 89

 

Éxodo del Agro Gallego

 

 EL ÉXODO DEL AGRO GALLEGO

 

        Los males del campo gallego vienen de atrás. La emigración es una querencia endémica. Como una herencia genética. Pero el gran vendaval que despuebla de su gente  a esta región es el auge de la industria, el comercio y los servicios en este siglo. El hecho es general en todo el mundo. Pero su efecto es desolador en Galicia. Con la burguesía en el poder nacen las acumulaciones de dinero en las grandes industrias. Nacen los grandes centros de trabajo, el comercio y el progreso de Europa. La mano de obra escapa a las grande ciudades y el campo se queda solo. En otras regiones logran hacer reformas agrarias importantes paralelas al desarrollo industrial para fijar el hombre a la tierra. Galicia permanece ajena a esos cambios que no se realizan porque no existe voluntad de hacerlos ni hay recursos suficientes. Su gente huye en busca de mejores condiciones de vida.

Nunca hubo interés en hacer cambios. Equivale a una resistencia pasiva en los de arriba y en los de abajo. Y así se pone el primer eslabón de muchos males del campo. Y en la agricultura, como en la cultura, si no se mejora, si no se recicla y recambia, se deteriora, se degrada y muere. Y puesto que ese sector ha empezado ya su agonía, hubo muchos hombres y mujeres que entonces -y aún hoy- comprendieron que esta tierra no tiene futuro, ni hay posibilidades de que puedan reformar sus estructuras rurales, ni a corto ni a largo plazo. Los planes de renovación agraria por parte del Estado no están todavía en la mente de nadie. Nunca ha sucedido nada importantes en la agricultura. Y la mano de obra de nuestro medio rural ha comenzado la estampida dejando sus aperos agrarios abandonados por el camino. Nació la sangría  “forzada”  de la emigración, por tierra en trenes hacia otras regiones de Europa, por mar en barcos hacia remotos países americanos y, ahora,  por aire a cualquier rincón del mundo.

       El hecho es normal y no sucede de forma gratuita. En el campo no hay sueldos fijos porque el agro gallego no produce rentas ni beneficios para pagar sueldos o invertir dinero para mejorar. La industria, sí. El trabajo del campo es duro porque el minifundio, el policultivo y la orografía, imponen sus leyes. La industria, es diferente. El trabajo del  campo no tiene horarios, ni vacaciones, ni fines de semana, ni salarios fijos. La industria, es diferente. El trabajo de la tierra no es estable, sus beneficios son aleatorios y fortuitos como lo son los días de frío y de calor, el trueno, la lluvia, el granizo, la nieve y el viento. El trabajo en la ciudad, no tiene esos riesgos.

La cultura no llega al campo. El agricultor es casi siempre un analfabeto funcional. Y si no hay cultura el hombre es esclavo. Los bienes de la cultura son más fáciles, más asequibles, más cercanos, en zonas urbanas y están completamente vedados a las gentes del campo. ¡Cuántos gallegos no sólo hicieron dinero en la emigración sino que aprendieron a leer, entraron en universidades y en diferentes centros de formación! Alcanzaron puestos de responsabilidad en la vida social y cultural de pueblos lejanos con costumbres y lenguas diferentes que nunca hubieran alcanzado en su patria. ¡Y cuántas luces llegaron al poniente peninsular en el flujo constante de idas y venidas de emigrantes que trabajaban en tierras remotas y dejaban de paso, directa o indirectamente, como las abejas, la miel de sus libaciones migratorias! Galicia tiene deudas pendientes con su emigración. Además de dinero le debe el aire renovado que traen con sus nuevas costumbres. En realidad la madre patria nunca ha sido demasiado agradecida con ellos y poco se han tenido en cuenta a la hora del retorno.

       Un éxodo forzoso. Sólo muy impropiamente, sólo eufemística y erróneamente, se puede llamar voluntario porque la emigración en estas condiciones de vida y motivada por la pobreza y por los bajos niveles de bienestar, siempre es una emigración forzosa. Muchos de esos emigrantes nunca regresaron y permanecen para siempre, ellos y sus hijos, creando riqueza en geografías extrañas, en medios culturales diferentes. Es justo que lo hagan. Las razones de supervivencia son más fuertes que las querencias de origen. El hombre debe asentarse donde vive bien. Sea donde sea. La saudade gallega existe a pesar de todo. Pero es engañosa y traicionera. Algunos, más arriesgados y más nostálgicos y posiblemente menos realistas, regresaron acaso con la ilusión de una Galicia diferente. Los cantos de sirena. Trajeron dinero e ideas. Pero ese dinero y esas ideas fueron cayendo de nuevo en la tierra baldía de su caótico suelo agrario que sigue resistiéndose a los beneficios del desarrollo.

        Con dinero de la emigración se compraron tractores, fresadoras, cosechadoras, otras máquinas agrarias, casi todas fabricadas, por  supuesto, fuera de Galicia y muchas  fuera de España. Pero son máquinas demasiado grandes, hechas para transitar parcelas mucho más extensas. El ridículo minifundio gallego no da opciones al trabajo de la nueva maquinaria llegada al campo. Monstruos en tierra de enanos. Se consumen dando vueltas sobre sí mismos para trabajar rincones de tierra donde no hay aire para respirar. Son ya demasiados porque el individualismo se impone, con emigración o sin ella. Cada agricultor se agencia sus propias máquinas que se entrecruzan en fincas demasiado pequeñas. El trabajo que podía realizar un solo tractor los realizan veinte estorbándose unos a otros. Es la ley del minifundio.

        Sin embargo algo ha cambiado en la agricultura gallega. Es diferente. Tiene más dinero y más cultura. Pero no es suficiente porque lo uno y lo otro se degradan en nuestro medio. Se termina el dinero en mantener iniciativas que no prosperan y máquinas que se deterioran sin solución de continuidad. Lo importante no es importar un “pez” cada vez que se tiene hambre sino aprender las técnicas de trabajo en la tierra y en el mar de Galicia para pescar los peces y panes que se necesitan para fijar sus hombres a la tierra. Esto no se ha hecho y no se hace. Todavía no hay condiciones para ello. Y mientras tanto, la mano de obra, la gente joven, y también los hombres mayores, salen a buscar mejores condiciones de vida. Las administraciones -poco importa el color político que tenga- no se han decidido nunca a cumplir las promesas de las campañas electorales que se repiten con el mismo entusiasmo cada convocatoria.

        Completa soledad en los campos. Hay pueblos que ya no son más que montones y montones de piedras en desorden. Puras ruinas. Pueblos llenos de vida hasta hace poco, bellas aldeas  a la orilla de los ríos, al pie de las montañas, en torno a una fuente de agua, están quedando solos. Se convierten en pueblos-fantasma. Su gente fue goteando detrás de un puesto de trabajo  hacia las ciudades. Quedaría pensar que el proceso puede ser reversible. Que puede nacer una tendencia en sentido inverso. Volver la industria al campo. En realidad el futuro es el campo. Tal vez haya que propiciarse el retorno a la aldea que es su punto de partida. Las grandes concentraciones y el crecimiento demográfico agravan el problema del abastecimiento en los centros urbanos. Las materias primas están en el campo, su reconversión debe hacerse en el campo. O al menos pensar en centros de turismo rural o centros de salud para matar la tensión de las grandes urbes. O simplemente recobrar el equilibrio perdido entre el desarrollo del campo y la ciudad.

 Tal vez el regreso se produzca. La agricultura sigue siendo la reserva de alimentos tanto para los que viven dentro como los que trabajan fuera. La contaminación de las ciudades es creciente; aumentan las listas de paro en las oficinas de empleo; los jóvenes empiezan a “ocupar”, con razón o sin ella, pisos vacíos en las grandes urbes; incluso la forma de producir en serie de las grandes industrias ha entrado ya en crisis. Necesitan diversificarse. ¿Será raro que se produzca un cambio de tendencia en la mano de obra o que se oriente en otra dirección la forma de producir? Quizá, muchos pueblos ya en ruinas, pueden convertirse de nuevo en centros de actividad laboral. O restos etnográficos de la vieja arquitectura rural, o porque se transforman sus viejas actividades agrarias nuevos centros artesanales, o porque se desmantelan las grandes industrias de antes y se convierten en pequeñas y  modernas unidades de producción funcional ahí donde están las materias primas.

Y será posible que, además de favorecer el turismo, se fomente en el campo la pequeña y mediana industria del vino, la industria de los derivados del cerdo y de la vaca. No prohibir las “matanzas”, sino reconvertirlas. La industria de las castañas que todavía no existe, la industria de las patatas, del centeno, del aguardiente, de la miel. Acaso se vuelvan hacer promociones de actividades agrarias rentables según orientaciones de técnicos y exigencias de mercado. Tal vez el hombre vuelva al campo, resuciten sus pueblos ruinosos, se llenen sus calles de niños como antes y se instalen talleres con maquinaria nueva en el local de la vieja escuela. Acaso vuelvan las golondrinas hacer sus nidos en los aleros de los tejados y los gorriones en bandadas buscar los granos de centeno en las eras en el verano. Acaso vuelvan a sonar las viejas canciones de siega y el folclor de las fiestas populares. Acaso vuelvan a ladrar los perros y aullar los lobos en las noches de luna como antes. O los  rebaños de ovejas vuelvan a cubrir los montes cercanos, cosechar allí la lana y el lino e incluso instalar algún telar moderno para fabricar tapices y tejidos como se hacía antes. Pero naturalmente con denominación de origen  que atraiga a turistas y peregrinos.      

 

 Cereijo

 

ORENSE 10 -11 -88

La Raza Maldita de los Interinos

 LA RAZA  MALDITA  DE  INTERINOS

 

         En la educación española existen muchas piezas que no funcionan bien porque siguen encuadradas en los viejos moldes institucionales de la era predemocrática. No se hicieron reformas profundas en educación. La figura actual del interino es sólo un botón de muestra del inmovilismo que dirige el sistema. Allá está al fondo de la estructura militaroide de la educación como una escuadra de reserva de las guerras, como el comodín del juego que se usa cuando conviene, como un fiel esclavo a la voluntad de sus amos. Porque en educación, como en el ejército, como en  los  pueblos  primitivos, todavía existen residuos estamentales, estratos diferentes, categorías de personas, fronteras impermeables entre ellas, que son viejos resabios opuestos al presunto esplendor democrático que se vive. Por pura casualidad no se conservan castas y segregaciones establecidas por ley al estilo de otros tiempos y otros pueblos. El sentimiento jerárquico de antaño, como reverso de la presunción social de libertades democráticas y derechos humanos vigentes, a pesar de todo se mantiene. Y se prejuzga a las personas por su rol social, por el resplandor de su economía, por el puesto que ocupa, por el poder que le dio el pueblo con su voto, mucho más que por eficacia profesional y por sus valores humanos. Y, a pesar del supuesto nivel cultural, en el inconsciente colectivo de la administración educativa de Galicia funcionan estos mecanismos regresivos. Los cambios culturales son más lentos que los políticos.

 El interino es el último peldaño de la pirámide institucional docente. Su figura jurídica, diluida, borrosa, discriminada dentro del sistema, por ahí anda, con el peso de muchas humillaciones sobre sus hombres y desprovista de los más elementales derechos de respeto laboral, como los esclavos de la antigüedad. Su imagen social paralela está igualmente desprestigiada, tanto en las altas esferas administrativas como en el reducido mundo de su campo de trabajo. Flagrante fue la injusticia –seguramente también inconstitucional- de la discriminación de sueldo que hasta ayer no más se vino manteniendo durante años. Su trabajo profesional es idéntico al de otros profesores o casi siempre realizado en peores condiciones. Se necesitaron huelgas para recuperar los despojos de su reivindicación salarial. Su estabilidad laboral es todavía un juguete que anda cada año en las manos desaforadas de la administración que decide caprichosamente su destino al arbitrio de intereses particulares siempre muy dudosos, sin normativas que lo defienda y sin criterios laborales objetivos. Como en tiempos de dictadura. Pero en este país es buena justificación de la conducta decir que las cosas son buenas o malas simplemente porque siempre han sido así, porque son así y porque deben seguir siendo así. Es la fatalidad de la historia, la fatalidad de la cultura, la fatalidad de la tierra, fatalidad de la tradición y justificación para evitar el riesgo de los cambios que se necesitan y nunca se hacen.

       Los contratos laborales anuales, que van de curso a curso, frente a la absoluta estabilidad del gremio docente, parecen un excelente mecanismo para mantener el poder en las manos que lo tienen y prolongar los conflictos siempre latentes y de paso demostrar la incapacidad administrativa para mejorar males crónicos de la educación que tanto dañan a la función pública y a toda la vida social. Conflictos que además pueden y deben resolverse. Su asignación alocada y precipitada en el comienzo de curso a su puesto de trabajo es un festivo y folclórico tráfico de personal educativo que suena mucho más a un juego aleatorio, con tonos dramáticos, que a una planificación inteligente del personal docente en su sitio apropiado. Se remueven en el bombo todas las piezas que han quedado sueltas en el curso precedente. Porque cada año se desarman los claustros de profesores sin beneficio para nadie y con ello la razón de continuidad en la programación de años precedentes. Además de ello se crea el absurdo mercado de personal interino en la feria de la burocracia administrativa muy parecida a la feria de ganado que se celebra periódicamente en los “tourales” de los pueblos gallegos o el sorteo del pescado en las lonjas.

       Además el interino es un animal de carga, paciente y receptivo, que en todo caso disfruta la pequeña suerte profana de trabajar en educación sin haber cumplido los ritos sagrados de rigor. Una suerte que no tienen muchos miles de parados que esperan a las puertas del sistema. Y con dudas muy fundadas sobre, si la ausencia de los ritos y la falta del  espaldarazo de nombramiento oficial en la sagrada orden de la educación oficial, es causa de deshonra o más bien motivo de orgullo. En todo caso, el pequeño orgullo que le ofrece estrictamente el derecho a un frágil puesto de trabajo. Que no es poco. Porque los beneficios docentes le están vedados a los interinos. Lo suyo son sólo obligaciones. Llega el último al centro, acepta el peor horario sin derecho a decir nada, debe callar porque su voz poco significa frente a la voz de los viejos dueños de los centros. No cobra trienios ni sexenios, así se muera de viejos en acto de servicio continuo igual que los demás profesores, simplemente porque siempre ha sido así. Si alguna cuestión de prestigio -no de trabajo- entra en danza en los centros, el interino debe ponerse al margen del asunto. En el reparto de funciones laborales el interino tiene que recoger del suelo los productos residuales de la planificación. Horarios llenos de horas lectivas sin consideración. Excluidos, sin motivo, de las funciones directivas, representativas, jefes de estudio, hasta jefes de  seminario. Se rechazan tácita o abiertamente. No pertenece a esa categoría. Es otra clase social. Un profesional discriminado.

          El deterioro  social  de su  imagen es todavía más grave. Acaso un deterioro social que no anda de frente, que no se manifiesta explícito, que no se puede enredar a ninguna fórmula escrita, que se mueve de forma soterrada, escondido en los bajos fondos del alma de los colegas, mezclado con turbios sentimientos que no resulta fácil saber de donde vienen y a donde van, según es muy común en esta tierra. Pero existir, existen como las meigas; tanto en las altas capas de la administración como en los frentes de trabajo. Las intrigas entre profesores en los centros escolares son crónicas y escandalosas. Así el interino no sólo es un desheredado jurídico en el esquema profesional sino un leproso laboral. Nadie lo dice; pero todos lo sienten. Algunas veces se le corteja para formar parte de un bando en contra del otro. Un problema evidente de irracionalidad que nunca se pronuncia en la diáfana luz del sol y se remueve en las tinieblas de la inconsciencia. Reflejo de la incultura subterránea atávica de esta tierra que se filtra también en los centros de la cultura. No se han  cumplido los ritos y eso es delito. Una marca ominosa que no se ve, no se toca, no tiene un nombre. Pero todos la distinguen y juegan con ella. Se respira en el ambiente, se presiente, no se disimula suficientemente agazapada en múltiples escondrijos de la convivencia. Se siente en el tono despectivo de la administración que, a pesar de todo, los necesita. Se adivina en el regusto del que tiene la llave del poder en sus manos porque moviliza un escuadrón sumiso. Y lo sufre, sin defensa, la sensibilidad del  interino que lleva la procesión  por dentro y sólo lo justifica con el menguado sueldo que recibe cada mes.

       El interino está en el sistema porque el sistema le abrió las puertas, porque tenía necesidad de su trabajo, obstruyendo así naturalmente otros caminos que podía encontrar en la vida. Se ofrece una pequeña esperanza. Pero el esclavo no tiene la culpa de pertenecer a una sociedad esclavista. El sistema preparó el montaje de los interinos a su propia medida y conveniencia, los engorda indefinidamente y se complace morbosamente en mantener la espada de Damocles sobre su cabeza no sin evidente injusticia comparativa y fuerte componente acrimonioso por parte de la administración. Ni resuelve el problema, ni existe voluntad ninguna de resolverlo porque acaso no le interese hacerlo. Y se prolonga, con el  pretexto de fidelidad a una tradición mal entendida y perjuicio evidente en el sistema educativo, el control personal sobre colectivos injustamente discriminados. Sin embargo la administración, que ha creado el problema, debería, al mismo tiempo, buscar un camino de salida, siempre al margen de los ritos de las oposiciones que poco tienen que ver con los móviles educativos del país, y son causa tantos perjuicios al sistema.

      Acaso no significa gran cosa decir que yo he trabajado bastantes años de interino. Y yo me negué a someterme a los ritos de las oposiciones. Había trabajado en educación veinte años sin ellas fuera de España y no pareció conveniente participar en la fiesta ibérica y en la romería gallega. Conozco un poco el animal por dentro. Lo que digo no es un invento. Conocí a algunos pedantes educadores, que sin mérito llevan ese nombre, disfrutando con fruición de la angustia colectiva de una legión de parados que se presentaban a la tómbola con el apremio de un puesto de trabajo. "Si yo he pasado la guerra, todos deben morir en ella”. Siempre la misma acritud del hombre hispano que se remueve agazapada en la incultura añeja de esta raza, aunque  haya pasado por la universidad y aprobado los ritos de iniciación en la secta. Los funcionarios españoles que conocen de memoria y con vergüenza, la ominosa historia de claudicaciones y chanchullos clandestinos que se moviliza en estas campañas, que ellos mismos han sido protagonistas de muchos y su recuerdo todavía hoy le produce rubor, deberían deponer su orgullo omnipotente y recuperar el alma del viejo maestro de siempre. Debería entender que ninguna guerra, caliente o fría, es buena, que la alegría que se alimenta en el dolor de los demás sólo puede ser una alegría enferma y que la dicha compartida beneficia a todos.

 

Cereijo

 

Orense 18-4-89

El Mito Sudafricano

 

 EL MITO SUDAFRICANO

 

        Cae otro baluarte del racismo en el mundo y se desarma otro mito. Es un hecho de valor  histórico porque supone un hito en  el desarrollo de la cultura humana pues se trata de la libertad de mayorías negras sometidas a la hegemonía de pequeños grupos blancos. Su fiesta, que debiera ser fastuosa, se ha difuminado entre el humo de las bombas del Golfo y las nubes de arena del desierto. Era uno de los últimos reductos racistas del continente, escandaloso, ofensivo a la dignidad humana e insostenible. Un régimen de segregación oficial escandaloso en este siglo y  última muestra de esclavitud de unos pueblos sometidos a otros. Su caída, merecía mayor eco en los medios de comunicación y en los círculos culturales. Implica superar un escollo más en las aspiraciones de concordia mundial y limpiar el camino de magia racista que ahí estaba todavía escondida, como el virus del ébola o el Sida, en el corazón del continente negro.

Al mismo tiempo que se recompone el hogar común de los pueblos europeos, mientras se organiza una coalición internacional para poner freno al afán expansionista de una teocracia árabe, al mismo tiempo que se derrumba por su propio peso el muro de Berlín y cesa la lucha sistemática de clases con la desaparición del comunismo, se viene también al suelo el aparheit sudafricano que protegía a minorías blancas dominantes frente a mayorías negras sometidas. Importante acontecimiento. Queda pendiente el conflicto del Medio Oriente que es una ramificación del viejo integrismo semita y no tardará en derrumbarse a pesar de sus murallas. Y a su lado, los pequeños nacionalismos regionales –mitos civilizados y engañosos- que revolotean hoy rampantes aprovechando la impotencia de las grandes potencias que todavía no han sido capaces de poner orden definitivo en el concierto de las naciones.

        El aparheit africano, fue muy resistente; pero al fin se doblegó. En un mundo luminoso de modernidad no tienen espacio las sombras de la mitología. Era natural que cayera. También pasó aquella época ominosa de tráfico de negros esclavos que llegaron a ser mercancía, instrumento de trabajo y valor económico en las transacciones comerciales de los países. Objetos de compra-venta como los diamantes y como animales exóticos. Tarde se ha entendido que su sangre es roja, igual en los blancos y en los negros, que es igual el latido de su corazón, que son iguales las neuronas de su cerebro, que la pigmentación de la piel no justifica los guetos y los chiqueros humanos. Atrás queda la lejana rebelión de los negros haitianos, el reciente sacrificio de Luter Martin King, -fue ayer mismo, en el país de los derechos humanos- para conseguir, al menos, la igualada jurídica entre unos y otros. ¡Y cuánto les costó¡ ¡Y cuánto camino queda por andar!

Aquí el mito cayó como fruta madura, un tímido apremio  internacional y la terca realidad de los hechos. Llegó incluso en medio de la protesta escandalosa y puritana de los pocos rostros "pálidos" que en minoría explotan y disfrutan con falso orgullo aquella tierra usurpada. Tarde y poco. Mientras las potencias organizan fiestas bélicas para rebajar los sueños de Huseim, en Sudáfrica se desarma pacíficamente en buen clima democrático el mito racista. De momento se insinúa la reforma jurídica sólo como punto de partida de una larga jornada. Es el primer gesto. Importante pero insuficiente. Es muy grande la deuda contraída durante siglos. Y se necesita mucha generosidad para enderezar los tramos de su tortuosa historia. Habrá dificultades. Una cosa son las promesas, los gestos políticos, incluso la fórmula de algunas leyes escritas; y otra es la convivencia humana y las  fronteras mentales. Desde ahora los sudafricanos tendrán las mismas leyes y entrarán juntos a los mismos autobuses, a los mismos bares y a las mismas universidades. Pero el color de la piel siempre quedará como seña indeleble de su pasado; el dinero, el prestigio social y parte del poder seguirá siendo blanco.   

        Acaso por eso se explica que la guerra del Golfo se haya  llevado las primeras páginas de los periódicos. Las batallas culturales son menos llamativas que las batallas en los frentes. Pero son mucho más ventajosas.  Tampoco son vanas las escaramuzas libertarias de todos los tiempos de cualquier pueblo, ni las cadenas de los "mandelas" que hay todavía en distintos rincones de la tierra. Nunca la fuerza de las armas han acallado las proclamas de las causas justas que progresan a pesar de todo. Los mitos mueren todos lentamente. A veces se enquistan en cavernas ocultas, o se asilan en museos arqueológicos y en venerables leyendas folclóricas y épicas que animan de noche las verbenas de nuevas tribus. O toman vida como zombis a la llamada encantada de profetas callejeros y ambulantes para enturbiar esas mismas celebraciones en las sombras de la noche.

Sudáfrica, necesita fuerza nueva para recomponer su propia  historia en el sur del continente. Será seguramente la alegría de caminar juntos. Una vida nueva sin mitos, sin venganzas primarias, sin exigir  deudas históricas. Será un nuevo pueblo, blancos y negros juntos sin fijarse en el pigmento de su piel. Será el reto inexcusable para la nueva y vieja nación sudafricana. Algo parecido al pacto de conciliación ejemplar de la transición española. Entenderán que nadie tiene derecho de comerse a nadie. Entenderán que el futuro de su pueblo lo dirán los votos libres, blancos y negros, sin miedos a negreros en ninguno de los dos bandos, obtenidos en alegres fiestas democráticas. ¡Qué tardo y qué terco es el hombre para aprender cuando hay privilegios por medio! La supresión de los guetos, de estos y otros que quedan todavía en el mundo, no supone la derrota de nadie. Acaso sí el compromiso, es decir una dosis importante de generosidad por parte de todos, para  asumir el nuevo orden legal, en pie de igualdad. Al fin iguales blancos y negros. Una nueva conquista de cultura universal mucho mayor que las fiestas bélicas que se realizan en el desierto de ese mismo continente.

 

Cereijo

 

ORENSE 2 -2-91

La Violencia de Género

 

LA VIOLENCIA DE GÉNERO

 

Aunque se hable de sociedades matriarcales y de sociedades donde el linaje familiar se trasmite por vía matrilineal –que es frecuente- y la mujer tenga alguna decisión en la organización de trabajo y en las relaciones sociales; aunque se le conceda cierta superioridad a  la mujer sobre el hombre en algún aspecto de la vida, de hecho históricamente aparecen pocos testimonios de matriarcados reales en la forma que el hombre ejerce su dominio tradicionalmente en todas las sociedades. Incluso esos supuestos matriarcados de dominio femenino sobre el hombre están siempre envueltos en mitologías y leyendas de mujeres que acaso tuvieron poder y lo perdieron después en alguna claudicación. La primacía del hombre sobre la mujer, buena o mala, justa o injusta, es la constante evidente en la mayoría de los pueblos. Indiscutible soberanía del varón sobre la mujer que se ejerce con infinitas variaciones  de costumbres  de cada raza y en cada lugar de la tierra.

 Desde los jefes de tribus cuya muerte arrastraba a la tumba a sus mujeres y servidumbre, pasando por las formas poligámicas de los harenes y serrallos musulmanes donde las mujeres están en evidentes condiciones de inferioridad, hasta en desprestigio de seres inferiores desprovistos de los derechos humanos aún en países civilizados, la lucha emancipadora ha sido constante sobre todo durante este siglo. Hasta llegar a la paridad total entre el hombre y la mujer, superando la herencia machista de estas tierras. Hasta hace poco en España la misma ley recogía la supremacía jurídica del varón y las mujeres eran tratadas  como menores, seres dependientes y necesitadas de  tutor. No está muy lejos ese cuento. El jefe de familia, el varón, era el único responsable de las decisiones de la pareja. La mujer quedaba siempre en la penumbra y al amparo del poder omnímodo que ejerce el hombre. Una dependencia que justificaba abusos, vejaciones y malos tratos, hasta la muerte. Derecho de vida y muerte sobre ella. Ahí están las historias de mujeres esclavas sometidas a ritos y costumbres de sociedades machistas y misóginas que nadie nunca ha puesto en duda.

Hoy las cosas son diferentes. En pocos años se han cubierto siglos de ignominia. Y ha llegado, como llegó la abolición de esclavos, la igualdad de los negros, sonó la hora de la liberación femenina. Se ha caminado con botas de cien leguas. Han logrado su liberación, su igualdad con plenitud de derechos frente al hombre y a punto están de superar las marcas de su viejo y tirano competidor. Increíble ver hoy a las mujeres en las minas, en los ejércitos, en la política, en la investigación, en las empresas. Ahí están con más carisma que el viejo macho. No hay siervas ni esclavas. Son iguales en derechos, iguales en oportunidades, responsables, eficientes, más incluso que el hombre. Y vienen de atrás con fuerza y dominan ya todos los campos. Y el peligro es que las viejas mañas del viejo macho contaminen y rebajen la esbelta silueta femenina. Peligros de las reacciones opuestas. Afortunadamente el hombre y la mujer siguen siendo diferentes y complementarios. La igualdad total no existe en nada. Cuando los movimientos feministas se radicalizan en una pretendida igualdad total entre hombre y mujer, erosionan las notas diferenciales de la feminidad de la mujer que son precisamente la base de su grandeza. Así nacen unos híbridos de mujeres hombrunas y marimachos que no son ni una cosa ni otra. Están a la vista. Claro que hay diferencias. Y en la vorágine la mujer debe seguir siendo mujer sin confusión de roles y el hombre su socio en la empresa común.

Pero a pesar de tantas alegrías, a pesar de esa pretendida emancipación, la fiesta no es completa. Paradójicamente los malos tratos enturbian la cara de esta nueva sociedad. Miedo da escuchar los noticieros con la reseña de víctimas y las tragedias familiares que cuentan  cada día. Increíble. No es la guerra con un enemigo del fin del mundo ni con un delincuente, sino con el ser más cercano, con el compañero de media vida, con la madre o el padre de los hijos de ambos. Terrible. Se asesina con saña, con fatalidad, como en la tribu. Y además ahora por duplicado, él y ella, para no dejar testigos. La lucha de conquista  ha dejado piezas rotas. La unidad familiar, divorcios tan fáciles como repudios, crisis del orden moral. Y el viejo sentimiento posesivo de las cosas en esta tierra también cuenta. Se dice es mi mujer como se dice es mi caballo. Y la evocación de aquel hasta que la muerte nos separe, de nuestros padres y nuestros abuelos todavía resuena en el subconsciente cultural de la tierra como un ídolo roto y elemento perturbador. Antes había valores, ahora hay fugaces noches de fiesta; antes pactos indisolubles, ahora contratos temporales a convenir; ante una praxis de convivencia inviolable, hoy relativismo puro. Como catarsis de esas tensiones alguien debe morir como en las tragedias griegas. Una catarsis que es muy dolorosa para los dos protagonistas y sobre todo para el coro de huérfanos doloridos que se han incluido sin su consentimiento en el reparto.

No, no todo está resuelto porque el problema sigue. Las proclamas de grupos que invitan constantemente a la denuncia  no son la solución. Denuncien, denuncien, invitaciones por todas partes. Así nos van las cosas. Pienso que esas denuncias precipitadas, desde el ardor de un enfrentamiento, sólo sirven para agravar la situación. Son como delaciones, actos vengativos realizados con mala entraña. Poco reflexivos. El efecto sólo puede ser gasolina en el incendio. No puede ser ese el camino. Ahí nacen odios y represalias. Y los resultados no pueden ser más desalentadores. El problema no  está en las leyes, -que deben tenerse en cuenta- ni en los alejamientos, ni siquiera en el divorcio fácil,  ni en las alarmas, ni en la privación de los hijos, ni en la decisión judicial. Desde el momento de la denuncia ya todo está perdido. Se cierra ya el camino de retorno. ¡Qué hombre delatado ante la policía por agravios menores puede desde ese momento volver a la confianza en la compañera! Más que de delaciones y policías y jueces la tarea es educativa y acción pedagógica. Al menos intentar mecanismos de asistencia social, de conciliaciones serenas,  de asesorías sicológicas, de diálogo tolerante, de templar los  instintos primarios. Y acaso revidar los viejos principios.

Todos los conflictos tienen solución. Y no es cierto que todo sea problema de un día, las eternas promesas de unas cortas relaciones, los proyectos de convivencia, esos incendios amorosos de juventud, sean sólo humo. Es una realidad humana que merece algún tratamiento. Acaso la reeducación de valores. La estabilidad de la convivencia es componente importante de la felicidad humana que debería protegerse dentro de unos esquemas de convicciones propias y pedagogía social.  La apelación a la justicia sería el último recurso sabiendo que las decisiones judiciales también son violentas. Y más si son injustas. Por los tanto, menos denuncia y más educación. Además cuidado con los jueces que pueden ser cómplices de los chantajes de la mujer al hombre. Y es falso que la mujer siempre tenga la razón y que el hombre siempre sea culpable. A veces se ponen las cosas al revés y el indefenso es el hombre. Se cree a la mujer y no se cree al hombre. Nunca nadie tiene la razón completa y nadie puede hacer más justicia en estos conflictos que la buena voluntad previa de la pareja y una ecuánime asesoría.

 

 

                                                       Cereijo

 

Orense 1- 5- 08

Luces y Sombras

 

 LUCES Y SOMBRAS

 

               Luces y sombras en la historia, hierba buena y mala en fértiles campos de trigo, sinuosos meandros en ríos llaneros, codos y recodos en la marcha ascendente de la historia. Cosechas abundantes, ríos caudalosos, la historia en marcha. La maleza fastidia, las sombras dificultan el camino; pero no impiden la marcha. Un siglo de avanzada civilidad sigue siendo testigo de grandes errores, cuna de extrañas tiranas ideologías, escena de dos guerras mundiales con millones de muertos. Aún así, entre las sombras de las cruces que tachonan los cementerios del mundo como signo de la barbarie, ante el estruendo de mil batallas al fondo y muchas revoluciones y contrarrevoluciones a cuenta de ese pueblo que es siempre el pretexto de todas las aventuras buenas y malas, a pesar de los baches que ofrece el camino, no existe razón para oponerse al sentido positivo de la Historia. No sin dificultad, no sin esfuerzo, no sin intentos fallidos, no sin elevadas facturas, la luz de los valores  humanos, es decir el hombre, se dibuja al fondo. Es la esperanza que queda después de la caída de mitos y alegres mentiras de la historia. A pesar de todo avanzamos.

                Así es historia, zigzagueante, así son los vaivenes del progreso, luz y sombra. La paz es un valor humano, conquista ardua, estado  natural del hombre, la tranquilidad en el orden. Primero orden y justicia, negociación, diálogo, diplomacia, ausencia de violencia. Usarla como enseña política es demagogia; la paz es patrimonio común. La convivencia se organiza en pactos sociales, a veces con mediadores, conciliaciones, organismos nacionales e internacionales de interposición, que no existen, o son ineficaces, o son inertes. Por eso la violencia impuesta de hombres o pueblos sobre otros es mentira, es retroceso, es muerte; las armas son antihistoria; todas las guerras son malas por la sangre que cobran. Son malas las armas, las fábricas de armas, los presupuestos militares, los ejércitos, los arsenales, los ministerios de la guerra. De ahí sus secuelas, deportaciones, genocidios, hornos, fosas comunes. Si acaso, un ejército de disuasión a la orden de aquellos organismos supranacionales todavía pendientes. Ese presupuesto de muerte sería suficiente para poner en marcha el desarrollo de muchos pueblos pobres, rebajar las hambrunas, evitar las emigraciones forzosas, la explotación de niños y mujeres, apagar incendios  tribales que agitan aún la piel de esta tierra. La paz sigue siendo un bien posible.

 El avance de la ciencia y la técnica son luces. Han creado máquinas perfectas, automáticas, trabajan mejor que el hombre, elevan el nivel de vida de las naciones, aumentan las arcas y las finanzas de las empresas; funcionan solas, se entienden entre ellas; trabajan en cadena en grandes centros industriales y en pequeñas oficinas. El hombre es un notario de su actividad local o internacional. Comunicación instantánea y sin limitaciones con el mundo, controles a larga distancia. Hasta operaciones se hacen por ordenador. Pero ese artefacto ha lanzado a millones de obreros a la calle. Las listas de parados forzosos son víctimas inocentes del invento. Un problema muy grave porque el sueldo del trabajo es un derecho humano. Y más cuando la acumulación del dinero es creciente y en dirección del capital. La ambición del dinero es imparable, crea grandes ricos y legiones de pobres. Y una sociedad que engendra parados forzosos al lado de grandes pirámides de dinero mal repartido, sin organismos que regulen los beneficios y las horas de trabajo, es una sociedad mal organizada. Son sociedades enfermas en esta orgullosa civilización actual. En su deber queda la reforma de las estructuras sociales para resolver los desequilibrios de finanzas por arriba y la miseria de los pobres por abajo. Tanto en los países ricos como en los pobres. Otra vez la falta de órganos globales que regulen excedentes, equilibren los beneficios, repartan el trabajo y escuchen a ese vigilante de la máquina que antes era la mano de obra. Hay que hacerlo.

La materia prima, el sector primario, las minas, bosques, mares, se cansan.  Hay talas de selvas, pesca indiscriminada, polución sin control. Otra nube negra. Se esquilman los mares, los bosques, se contamina el aire; recursos no renovables que animan el progreso mal distribuido.  Al lado de esas máquinas que explotan los recursos naturales, de los países más necesitados sin compensación, crece el desierto, se funde la capa de ozono, secan los ríos, hay  hambrunas y peligra el ecosistema. Hay energía nuclear, gases letales, inventos secretos sin control. Arsenales suficientes  para deshacer varias veces este bello  planeta azul. Su tierra, sus aguas, su cielo, se degradan sin cesar. Pueden llegar al colapso total o parcial. Fuera de las dos salvajes guerras y la muestra atómica nipona, poco más ha sucedido hasta ahora. Pero atención, terrícolas, que no existe garantía alguna de que no pueda suceder. Claro que puede. El futuro está siempre en el albedrío de jefes locos que pueden usar un botón en cualquier momento. Otra vez hay que acudir al desarrollo armónico y a los controles globales de un mundo poco seguro. Por de pronto sobran los arsenales y  la competencia armamentística dirigida por supuestas potencias ricas. También aquí la esperanza se oscurece.

               La sombra de la superpoblación. Los avances de la medicina, vacunas contra las epidemias, baja tasa de mortandad infantil, subida de la edad media de vida. La medicina hace milagros, lo sabe todo y lo cura todo. Si las naciones nórdicas europeas tienen un índice de crecimiento negativo que las pone al borde de su extinción, los países del tercer mundo viven procesos inversos y paradójicos. La incultura y la pobreza juntas, allí no llegan los beneficios de la ciencia, hay epidemias imparables, natalidad sin control, falta calidad de vida y, a pesar de todo, la población aumenta. Escándalo de países pobres. Inflación de la población al sur como la inflación de dinero al norte. El problema aumenta y no puede ser en proceso infinito. Y mientras allí hay abundancia otros mueren de hambre. Porque sigue el neocolonialismo, las deslocalizaciones, la mano de obra barata, urgen proyectos humanitarios, sanidad general, planificación de la natalidad, control demográfico de pueblos dominados, siembra de alimentos y cultura, técnicas del cultivo. De lo contrario será la autorregulación animal, la selección natural de las especies, las plagas, las epidemias, el sida, las guerras. Y la ley de la selva hace que unos seres vivan a cuenta de la muerte de otros y la vergüenza de una culta sociedad industrial que se desentiende de la pobreza en el mundo y sostiene la violencia del aborto de la eutanasia frente al sereno espectáculo de la vida.  

         El futuro es adaptación entre el cambio y la continuidad. La libertad, es decir,  el hombre, es otro valor vulnerable. Ya no queda nada de aquella libertad cómoda, razonable, democrática, espontánea, capaz de elegir entre opciones, la forma del  hombre natural, sin presiones. La sociedad técnica la absorbe, la fagocita  y la hace alfeñique de la propaganda. Se acomoda a la sociedad  industrial impositiva  y somete su función crítica. Decae su individualidad, acepta el engaño de las mayoritarias, la violencia de normas heterónomas, el engaño de lo políticamente correcto y la astucia de la razón venable, el oleaje amorfo de masas ciegas y la tendencia de la opinión pública, el convencionalismo de los ritos, acepta palabras vacías, odia y ama lo que otros odian y aman; socializa su incultura, racionaliza lo irracional, se instala en un quietismo acrítico, obedece órdenes subliminales, disfruta la euforia de su infelicidad, fuma el opio de la moda con orgullo. Es el hombre unidimensional de Marcuse, el alineado de Marx, el sonámbulo de Freud, una pieza mecánica en la  industria moderna con precio de mercado, el hombre feliz de Husley, un número a la hora de votar y esclavo del progreso sin alma. Un autómata engendrado por la coyuntura de fin de siglo que debe volver a su autonomía primigenia; un recodo oscuro de la historia porque esa tendencia decadente debe superarse e invertir el sentido de la corriente social aunque no resulte fácil desmontar el templete.

 

                                                        Cereijo

 

ORENSE 30 - 7 - 89

 

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