CRÓNICAS DEL NOROESTE

El castigo en las Escuelas

 

 El  CASTIGO EN LAS ESCUELAS                        

 

         Haace pocos años se ha publicado un real decreto sobre los derechos de los alumnos -ya hemos hablado del tema- en el que se prohíbe expresamente, y por primera vez, el empleo de castigos físicos y síquicos en las escuelas. Era justo que se hiciera porque evidentemente ni los niños pueden ser animalitos indefensos desprovistos de los derechos que disfrutan los demás colectivos humanos, ni los educadores pueden ser sus domadores a sueldo. Ni siquiera sus propios padres. Insistimos en el tema con motivo de unas llamativas declaraciones que un alto funcionario de la Consellería de Educación hizo el pasado treinta y uno de enero en esta ciudad de Orense. Dice textualmente: "si un profesor no toma medidas disciplinarias o de castigo, que al fin y al cabo son medidas que ayudan a la propia formación del niño de cara a su integración en la sociedad, es muy difícil dar clases y controlar a los alumnos".

Una opinión respetable por las connotaciones disciplinarias que implica, porque la disciplina es un problema colateral importante y muy necesaria en el proceso formativo; pero que se identifique la disciplina con el castigo es más problemático sobre todo en un ambiente escolar, como es el gallego, tradicionalmente sumiso. La afirmación sorprende más porque proviene de un alto funcionario de la administración gallega de educación. Es una afirmación difícilmente sostenible si se considera a  tenor de las últimas disposiciones  del Ministerio de Educación, el decreto de los derechos del alumno, que ellos deberían ser los primero en tomar en cuenta. En todo caso, una opinión cualificada y tan válida como la opinión de cualquier otro ciudadano libre de este país que conozca el mundo de la educación y quiera opinar de ella o sobre lo que sea, siempre que se haga con el debido respeto. En educación como en otros campos de la ciencia existen hechos evidentes, lo que aparece a la vista y al sentido común, lo que son datos objetivos y comprobados o comprobables, que tiene mucho más valor que una simple opinión más o menos acertada y que puede entrar incluso en el mundo de las deformaciones y los errores.

 Ante esas opiniones poco más se puede ofrecer que la objetividad de los hechos objetivos. Por eso, el alto funcionario de la Consellería y yo, que navegamos en las mismas aguas de la docencia desde hace muchos años y coincide que los dos  hemos recorrido caminos muy cercanos en nuestra formación académica y anduvimos por los mismos claustros universitarios, nos pone en camino de entender que las cosas no están tan claras para que no podamos ofrecer interpretaciones diferentes. Confieso que si disiento, lo hago con cierta repugnancia porque me gustaría adherirme solidariamente a sus posturas como en otros muchos aspectos lo hago y ofrecer mi desacuerdo a cualquier otro colega del gremio, sobre cualquier otra cuestión particular referente a otros temas antes que a mi amigo de carrera que evidentemente y por encima de todo respeto y admiro. Incluso creo que mis diferencias con la interpretación que se hace en el citado texto sobre el tema de los castigos en las escuelas, como instrumento de disciplina, no estén tanto en el sentido literal de sus afirmaciones, que siempre se pueden mover hacia un lado y otro, hacer matizaciones semánticas convergentes y entendimiento, sino en su profundo sentido de vincular la disciplina con el castigo escolar, en el contexto educativo que rodea esas afirmaciones en nuestra tierra y en las expresas omisiones del problema que deben ser tenidas en cuenta en el contexto de las normas vigentes.

             Evidentemente el término “castigo”, que tan imprescindible le parece en la escuela para poder dar una clase, tiene un significado muy amplio, oscila desde la amable, cariñosa y privada llamada de atención al alumno inquieto, nervioso o seriamente conflictivo, hasta los más duros procedimientos represivos y cruentos de tiempos ya superados y de puro estilo militar y autoritario. Desde luego el castigo físico está explícitamente prohibido en el último Real Decreto y no pienso que el texto citado sea bendición explícita de los castigos físicos, ya casi extinguidos de todo, ni que el conferenciante desconozca el contenido del decreto, ni que lo haya olvidado en tan poco espacio de tiempo, ni mucho menos que pretenda contradecirlo de forma explícita y consciente. Y el castigo moral, que aún sabiendo que su contenido interpretativo tiene mucha más elasticidad y bordes más imprecisos hasta el punto que nunca será fácil saber donde terminan los buenos tratos, la buena educación, y donde empieza la falta de respeto, la ironía, la burla, el desprecio o la ofensa personal; ese castigo moral, a veces sutil, indefinido, escurridizo, difícil de demostrar porque se consuma en actitudes hostiles de simpatías y antipatías dentro de márgenes de subjetividades y límites de impunidad muy difíciles de controlar. Es este un mundo mucho más difuso y vaporoso que el campo abierto que corresponde a los castigos físicos. También el castigo moral está expresamente prohibido por el mismo Real Decreto cuando dice referido a los alumnos que  "tampoco podrán ser objeto de castigos  físicos y morales".

             Estamos de acuerdo, sin duda, en que una clase no puede ser un mercado libre, una feria donde cada uno hace lo que quiere o un campo de batalla donde cada uno hace su guerra particular. Cierto que entre el respeto que se debe al alumno que se extrema hasta la inmunidad total y patente para toda indisciplina, y la letra “que con sangre entra”, existe un amplio margen donde el profesor actúa sólo, indefenso y sin ayuda legal de nadie, frente al peligro de la indisciplina y ante la presión creciente,  la agresividad y delictiva de los alumnos. Que la permisividad y el todo vale dentro de una clase hasta situaciones extremas, es evidente, que el profesor está cada día más solitario en clases masificadas con fuertes resistencias y tensiones con sus “enemigos” los alumnos más susceptibles que hasta hace poco eran amigos, que estamos llegando a situaciones límites donde lo esencial  no es exponer una clase, sino mantener el orden y donde la enseñanza es más  problema de encantamiento y juegos malabares y juegos lúdicos, pasatiempos y adivinaciones o problema de esquivar como los toreros los pitones de los toros más que una implicación en el proceso formativo.

             El orden y la disciplina escolares son elementos educativos auténticos y además constituyen recursos necesarios para conseguir la efectividad y eficacia de cualquier actividad humana civilizada y especialmente los objetivos docentes. Ni la fuerza bruta de los toros bravos ni el engaño de la muleta de las plazas de toros. Si el alumno no sintoniza internamente con la actividad docente, si la maquinaria interna del alumno no entra en actividad en presencia de los estímulos educativos, todo esfuerzo docente, sea de la naturaleza que sea, resultará inútil. Posiblemente la pedagogía o la sicología absolutamente permisiva, no lleve a ninguna parte, si de hecho, se paraliza este proceso interno de aprendizaje y el decreto de los derechos de los alumnos deberá complementarse con el decreto de los derechos de los profesores que está en proceso de quiebra total o al menos faltan los mecanismos de disciplina interna que coloque sin violencia a los que aprenden y a los que enseñan en sus puestos. Lo cual evidentemente no significa ni el uso de la fuerza ni la restauración de orden marcial ni la vuelta al terror, a las amenazas, a los castigos; o simplemente que los castigos, tengan la naturaleza que tengan, nunca deban tomarse de nuevo como medios disciplinarios dentro de las escuelas actuales.

A veces es la demagogia quien dirige el discurso de los políticos y  dicen lo que no quieren decir o hablan en contextos mediatizados o evocan lapsos que son producto del fervor retórico. Yo estoy seguro, que el representante de la administración que pronunció esa charla el otro día en Orense sabe mejor que yo, porque además es filósofo de vocación y profesión y a mi me costa que es de los buenos porque hemos compartido aulas juntos, buenos maestros y durante bastantes años en los mismos pupitres, que por encima de la pésima fuerza coercitiva que puede ofrecer el temor y el miedo al castigo en los procesos del aprendizaje humano, están los aspectos positivos de la motivación. Por encima de la barreras prohibitivas y atemorizantes, está la pulsión interna, los refuerzos gratificantes, el difícil y necesario diálogo de las personas que se mueven en círculos cultos, el alegre entusiasmo expansivo de la vida, la fuerte convicción que ofrecen los buenos tratos. Todos ellos son métodos didácticos mucho más humanos, más racionales, más convincentes, más pedagógicos, más conformes con el natural sentimiento de la propia autonomía del aprendiz que vive con fuerza su propia autoestima y y más conforme con los criterios de respeto y libertad que exige la nueva sociedad democrática. El respeto a la persona humana, después de todo, aunque esta sea un niño -acaso más precisamente por serlo- no deja de ser incluso uno de los derechos fundamentales del hombre. Y es por lo tanto un derecho que le corresponde al alumno como ser humano, que impone en los demás ciudadanos sobre todo si son guías, profesores, tutores, el deber de respetarlos, incluidos padres y representantes. Y además un derecho que, en caso de duda si los niños son o no son personas que sería el colmo de la discriminación, el citado decreto lo refuerza con toda evidencia.

             Por lo tanto, si se piensa que las cosas en el aspecto disciplinario de nuestras escuelas deben suceder de otra manera, tendríamos que prescindir acaso de los artículos de  nuestra carta magna, olvidarnos de un estado de derecho que ya forma parte irrenunciable de nuestra historia moderna, borrar el único decreto que en defensa de los derechos de los alumnos se ha escrito, olvidar incluso las enseñanzas de la Sicología y Pedagogía modernas y volver nuestra mirada al pasado, especializar a los profesores en escuelas de artes marciales y militarizar la actividad dentro de las escuelas y, a caso, colocar en las puertas de los centros vigilantes armados como en las salas nocturnas de fiestas. Si la realidad de la educación española debe tomar de nuevo esos derroteros, yo retiro mi comentario, asumiré que he trabajado en vano largos años mi vida en la educación, tendré y aceptaré resignadamente como un mal menor mi retirada a tiempo antes del caos definitivo. Y si, por el contrario, todavía queda alguna confianza en lograr un justo equilibrio entre libertad y disciplina, dignidad propia y desprecio ajeno, entre padres e hijos, entre maestros y alumnos, entre viejas y nuevas generaciones, deberá incluirse en la normatva vigente la defensa jurídica del profesor que es la pieza del rompecabezas más desprotegido. Para evitar que la ficción de ciertas películas se convierta en realidad cotidiana de luchas entre alumnos y profesores debe completarse el decreto de los derechos de los alumnos con el decreto de los derechos de los profesores y mecanismos automáticos apropiados de disciplina interna dentro de clase sin recurrir a la violencia que el clima menos justo en educación.

 

                                                 Cereijo

 

Orense 2-2-89

Comentarios

estoy estudiando para maestra y realizando algunas prácticas. este texto me sirvió mucho para hacer un análisis sobre lo que es considerado disciplina o castigo en las escuelas. Muchos maestros como profesores tendrían que leer esto.

Soy un maestro en prácticas y su texto me ha parecido comletamente esclarecedor en un tema tan complicado, no pudiendo estar más de acuerdo con usted. Le felicito por él.

solo he leido de manera ràpida,pero el texto se entiende y està bueno para los profesores que sì dicen que el castigo es bueno,pero a lo futuro tendrìan que ver el fruto del castigo. felicidades por su aporte.

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