CRÓNICAS DEL NOROESTE

Los Emigrantes y las Divisas

 

 LOS EMIGRANTES Y LAS DIVISAS

 

 

        Sabido es que, en los últimos años, la industria del turismo, está siendo la primera industria española; que el sol de España, los castillos de España, la arqueología de España, los paisajes de España, los pueblos rurales de España, siguen siendo diferentes; que el dinero que llega del extranjero en manos de los turistas, se junta en la frontera con el dinero que llega de la emigración por otros caminos bien distintos. Naturalmente, emigrantes y turistas son cosas diferentes. En el primer caso se trata de billetes de banco procedentes del turista rico que viene a buscar el sol y a disfrutar de la vida, contemplar el arte de los museos y los paisajes pintorescos de la naturaleza con sus problemas económicos de subsistencia medio resueltos; en el segundo caso, se trata de pequeños capitales hechos de retales diversos muy fragmentados, un patrimonio sumado gota a gota con sudor y sangre de los españoles del destierro y el exilio mal llamado voluntario porque, en realidad, es siempre forzado por las circunstancias. Capitales que se van  concentrando en unas cuentas de pocas cifras de emigrantes que trabajan fuera de su tierra por razones de necesidades elementales de subsistencia y con la mirada en el horizonte de un futuro más alegre y promisorio.

        Para  los  efectos  de  la  economía  española  evidentemente estas diferencias no cuentan para nada, no merecen importancia alguna, ni de hecho nunca se han tenido en cuenta. Es la deuda todavía pendiente con el desarraigo de la emigración masiva española. Se trata de divisas iguales, dinero que contribuye a la riqueza nacional, que engorda las arcas del erario público y eso basta. No hay diferencias añadidas, ni connotaciones de ningún tipo. Todo se funde en el caudal homogéneo de la riqueza nacional que ahí está aumentando cada día las reservas en divisas con ese dinero que llega de otros países y contribuye, de alguna manera, a mejorar la precaria situación económica española. No pueden olvidarse, sin embargo, las diferencias humanas que implican estas dos formas de paliar la precaria situación económica española en los años pasados recientes. La emigración no es un fenómeno grato. El turismo, sí. La emigración es testimonio lacerante que hace referencia a una economía muy limitada. El turismo es un fenómeno que se produce en sociedades ricas. El emigrante nada tiene que perder en la tierra que lo rechaza y se lo debe todo a la tierra que lo recibe. El turista viene a disfrutar de un dinero abundante que le ofrece la bonanza económica de países ricos y a aprovechar su tiempo libre buscando unas gratificaciones humanas de sol y playa que no encuentra en su tierra. El emigrante vuela al extranjero obligatoriamente, trabaja obligatoriamente, puede ahorrar  poco dinero que envía a España cada mes, cada año, para resolver problemas perentorios de subsistencia.

        El turista siempre está bien en España. Disfruta del sol, de la montaña, de la hospitalidad hispana a raudales. Posee dinero. El emigrante es un desplazado forzoso de una sociedad pobre. Se va a otro país para mejorar sus condiciones de vida. Trabaja mucho. A unos les va más o menos bien, a otros les va mal del todo. Unos pueden lograr algunos éxitos a fuerza de sacrificio y un poco de suerte, otros muchos deben sufrir el trago amargo de la frustración y desencanto. Si además la emigración es gallega, que conforma el grupo más fuerte de la emigración española, debe contar con la negra sombra de la saudade, el fantasma de la nostalgia y la “morriña” de la propia tierra que todavía les pone las cosas más difíciles: la mortal sirena que le invita a  volver algún día al punto de partida, al regazo de esa madre ingrata y querida que es la patria de la cuna y el mundo alegre de la infancia que nuca será ya como promete en las ensoñaciones de la ausencia. Después del retorno la nostalgia toma dirección contraria. Primero tira, como un imán, la patria de aquí y después tira la patria de allá. Unos logran poder retornar. Otros, por muy diferentes causas, ni ellos ni sus hijos, nunca podrán hacer realidad el sueño prometido del retorno, ese sueño que nunca se  pierde, que sube siempre de intensidad y no es el mejor sentimiento de los emigrantes, porque el desencanto es casi siempre el premio seguro que el propio terruño ofrece a los retornados.

        De unos y otros, de los hombres y mujeres que regresan y de los que no lo hacen,  ha entrado mucho dinero en esta tierra. Grandes, medianos y pequeños capitales han llegado a esta tierra con beneficio para toda la sociedad. ¡Cuántas lujosas quintas en los pueblos más remotos de Galicia, cuántos pequeños y grandes negocios, cuántas jugosas jubilaciones de hoy, cuántos capitales ignotos se han fraguado en los años migratorios! El precio no importa a nadie después del tiempo pasado; y las tumbas de los que nunca volvieron o los nombres que regresaron con las manos vacías como salieron, yacen en el olvido de todos. Los organismos oficiales saben perfectamente la cuantía de los dineros de los triunfadores. Es de ver las frecuentes visitas de representantes de organismos financieros y el cortejo frecuente a las colonias de emigrantes españoles en el extranjero para observar sus cuentas de ahorro, es de ver cómo se acomodan oficinas para canalizar sus inversiones a la madre patria, es de ver cómo se halaga a esos emigrantes triunfadores y ricos empresarios gallegos que lograron hacer fortuna en cualquier parte del mundo con circunstancias adversas y mucho trabajo. Todo esto es bueno que lo hagan porque, al fin y al cabo, la economía es economía y funciona y se mueve en ese contexto.

        Pero de paso no se debería olvidar el aspecto humano que implica todo el fenómeno de la emigración, sobre todo el problema del emigrante del que no hizo las américas en América, del que no es empresario, del infortunado que no ha tenido suerte y no ha podido acumular tantas cantidades de dinero o ha sufrido persecución por injustas xenofobias de algunos países. Esos países que los llaman cuando los necesitan y los expulsan cuando les estorban. No debería  olvidarse a ese emigrante que retorna acaso con poco dinero en su bolsillo, con muchas necesidades y con muchos años a sus espaldas. Todos son emigrantes, todos han traído alguna divisa, unos cuantos dólares que le quedaron de la última devaluación. Nadie sale de su tierra de forma voluntaria y libre. Todos tienen algo en el fondo de las reservas del erario público español de las que se beneficiaron todos los españoles en tiempos difíciles y se benefician hoy todavía. De esto nada se tiene en cuenta.

 Hay emigrantes que vuelven a la misma tierra no mucho más boyantes en recursos económicos que el día que abandonaron la patria, con poco dinero y posiblemente mucho más devaluado. A su regreso le ofrecen durante algunos meses, como una limosna, una ayuda al emigrante retornado y como mucho el beneficio indefinido de la seguridad social. Si a su llegada,  con sus cincuenta años encima tiene la suerte de conseguir un puesto de trabajo aquí -que no es pequeña suerte- le comienzan a contar ritualmente las cotizaciones normales que marca la ley, sus muchos años de trabajo en el exterior ni siquiera le sirven para computar los tiempos mínimos para su jubilación. Quince años. De aquel tiempo trabajado fuera sólo cuentan las divisas de sus cuentas de ahorro. Y con aquello de si existe o no existe convenio bilateral de los estados donde se trabaja, cosa que no depende del emigrante, se establecen injustas discriminaciones entre emigrantes que retornan de los países ricos europeos y los emigrantes que regresan de pobres países americanos.

        Naturalmente estas discriminaciones se hacen en nombre de principios muy legales porque a España en cuestión de buenas leyes no le gana nadie, pero a la hora de cumplirlas e interpretarlas ya es cuestión diferente. Se hacen y existen buenas leyes, por si acaso alguien las quiere cumplir. Los criterios de valoración siempre favorecen a las grandes inversiones, a los dueños del dinero. De hecho los proyectos turísticos de inversiones extranjeras y el trato de los grandes capitales de emigrantes ricos, reciben mayores ventajas que los pequeños negocios familiares y pequeñas transacciones de emigrantes pobres. Para irse a la emigración no se necesitaba un contrato bilateral de estado a estado y se ofrecían todas las facilidades del mundo. A la hora de ingresar divisas en los bancos nacionales no se necesitaban convenios de ningún tipo, a la hora de exigir tributos a las cuentas de los retornados que consiguen entrar en una nómina de trabajo en la península, no se necesita tampoco ningún convenio bilateral. La experiencia de los años de trabajo realizados en el extranjero y los títulos obtenidos en universidades extranjeras son valorados con criterios diferentes de los que se aplican al resto de los españoles como si esta tierra, que no ha sido capaz de dar el pan necesario a sus hijos para mantenerlos en ella dignamente, se abrogase ahora el derecho de una excelencia cultural que nunca ha tenido. Fuera de unos servicios puramente burocráticos de las embajadas o consulados, donde atienden con mucho recelo y desconfianza al  emigrante, no existen instituciones que enfrenten sus problemas de reintegración con seriedad porque no hay convenios bilaterales ni unilaterales que resuelvan sus problemas, a veces, dramáticos porque las cosas de la emigración y del retorno se complican con facilidad.

           El emigrante  retornado sufrió un desgarro afectivo el día que abandonó su tierra y ahora vuelve a sufrir otro a la hora del retorno de sentido contrario. Los emigrantes son apátridas porque no tiene residencia fija  en ningún lugar. Aquí la dejaron al salir de España y aquella siempre está en la esperanza de retornar. De aquí desterrados, allí hijos adoptivos. La nacionalidad del país de origen puede conseguirse,  o por propia elección si se piensa arraigarse definitivamente en el país o por obligadas razones laborales y legales. Esta buena acogida y muchas facilidades que han dado los pueblos americanos a los españoles, incluso los europeos, contrastan con esos escándalos recientes y reacciones  xenófobas que se levantan en torno a las pateras que cruzan a la desesperada el estrecho. Y sobre todo es increíble que pueda ofender la  presencia de latinoamericanos que escapan de la pobreza de sus países  y buscan llegar a España  que es además su gran madre patria. ¡Cuidado, pues España debe mucho a las naciones latinoamericanas que están ahora en desgracia! ¡Ojalá pudiéramos devolverle el mismo trato que los latinos han dado a la emigración española durante años! España debe abrir los brazos a los pueblos latinos. Somos hermanos en todo. España, ya un poco chocha por vieja, es todavía al menos madrastra, de todos, los de aquí y los de allí. La corriente de las divisas corre en sentido contrario; pero es la misma cosa. ¡Bienvenidos, sudamericanos! 

 

Cereijo 

Orense  22-9-88

 

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