El Latín sin Declinaciones
EL LATÍN SIN DECLINACIONES
El latín fue el sistema de comunicación de un gran imperio que dominó muchos pueblos diferentes durante muchos siglos. Nació en el Latio, como el castellano en Castilla. Hoy se llama el español en España. Roma fue una unidad política, una unidad cultural, una unidad jurídica y una unidad lingüística. Muchos pueblos sometidos aprendieron a hablar latín porque era la lengua oficial, la lengua del imperio y de la cultura. Y mientras el senado hablaba latín clásico, los legionarios y el pueblo usaron una lengua vulgar que era la que conocían. En línea directa de aquello, a través de muchos cambios regionales, hemos llegado al español actual. De tal forma que la lengua de origen se considera una lengua muerta porque no se reconocen mutuamente. Pero eso no es cierto porque el latín no está muerto. Fuera de la flexión nominal desaparecida, la estructura gramatical y léxica permanecen vigentes en porcentajes muy altos. Vean un diccionario de la lengua española y comprueben el origen latino de sus palabras. En todo caso la lengua es sobre todo sonido, es palabra, que se han ido modulando con el tiempo al ritmo de sus mensajes. Y ha sido la necesidad práctica de comunicarse, sin conciencia explícita de su naturaleza lingüística, en su evolución espontánea, sin decretos al efecto, quien ha ido colocando cada lengua en su propio escenario. La lengua solo tenía una función de relación mediática y práctica. Por eso los bárbaros vencedores en siglo sexto no tuvieron inconveniente en aprender y asumir el latín como su lengua propia.
Los escritores cultos de Roma dejaron la radiografía de la lengua culta en sus escritos. Se escribía como se hablaba. Montones de libros de la literatura clásica latina llenan hoy las bibliotecas. Pero los millones de ciudadanos y clientes en todo el imperio usaban la lengua vulgar para comunicarse en las plazas, en el comercio, en la vida familiar, en el ejército, en la administración, en la relación de ciudadanos y clientes. De ahí las diferencias y las divergencias. Las variantes del uso vulgar no han pasado a las bibliotecas ni a la lengua escrita. Pero se han intensificado hasta formar las nuevas lenguas romances que también empezaron a escribirse como se hablaban. En todo caso, tanto el latín como el romance, se aprendía por tradición oral, de boca a boca, como un hecho social espontáneo y sin conciencia de sus estructuras lingüísticas. Son pueblos incultos casi siempre ágrafos. Esa gran riada comunicativa, latín vulgar, que ha recorrido siglos en pie de comunicación de pueblos hasta hoy, es la gran burla que la historia ofrece a las burdas manipulaciones que se hacen de las pequeñas lenguas regionales. Olvidan que la riada de la lengua española de hoy es el mismo “latín mal hablado” de ayer. Las leyes de normalización de lenguas sin raigambre, ágrafas, de baja extracción cultural, llenas de arcaísmos y latinismos, sólo son leves toques de una hormiga en el pie de un elefante. Las maniobras de los pequeños líderes regionales de hoy, que proponen, inventan, desfiguran lenguas sin base histórica, olvidan que el latín de entonces y el español de ahora son la misma estructura de siglos y el mismo proceso hablado sin solución de continuidad.
El hecho real es la lengua que habla la gente. No la filosofía, ni la política, ni la patria. Las complejas teorías sobre sus funciones culturales, sobre sus estructuras y construcciones lingüísticas son posteriores, producto del estudio y de reflexión de la lengua. Muy tardíamente se tuvo conciencia de las categorías, de las estructuras gramaticales, de las flexiones nominales y verbales, de las declinaciones y conjugaciones, que luego los pedagogos, los educadores, debieron elaborar en el plano de la abstracción para construir sus manuales escolares. El pueblo romano no tuvo demasiado tiempo para reflexionar sobre el sistema de comunicación que empleaba en sus conquistas y su magna obra organizativa de pueblos subyugados. Y aunque detrás de sus legiones iba la lengua de la pequeña región italiana de forma inevitable, le preocupaba mucho más la realidad de las comunicaciones imperiales que unían el imperio de la forma que fuera y su código de leyes, que las modulaciones de su sistema verbal de la lengua. Recuérdese que la flexión nominal es la primera pérdida del latín al metamorfosearse en las lenguas romances. Las funciones de las palabras dejaron de expresarse por terminaciones o desinencias, por innecesarias, con la ayuda de algunas preposiciones.
Los millones de hombres libres y esclavos, ciudadanos romanos y extranjeros, incluso muchos de los grandes oradores del senado, que la usaron para relacionarse privada y públicamente, poco o nada entenderían de las múltiples sutilezas gramaticales que hoy estudiamos en los manuales, nada sabían de las numerosas flexiones nominales que tanto trabajo ofrece hoy a los estudiosos de las lenguas clásicas. Flexionaban las palabras perfectamente en razón de su función práctica de la misma manera que las habían aprendido en la tradición oral. No podían preocuparles demasiado, ni tenían por qué preocuparles, las complejas categorías de sus nombres y las variadas desinencias verbales, en sus difíciles tensiones de guerra y, siendo además, gente sin letras. Acaso por el influjo racionalista de los conceptos griegos, se realizaron esquemas didácticos infinitos con pretendidos fines docentes y se hicieron las primeras gramáticas con sus complejas declinaciones y conjugaciones. Incluso la cuarta y la quinta declinación parecen construcciones artificiales posteriores, creaciones uniformes tardías frente a la compleja y arcaica tercera declinación que cronológicamente le corresponde la primacía y acaso fue la única durante mucho tiempo como lo demuestra su mayor contenido de elementos arcaicos y su mayor riqueza morfológica. Y la primera y la segunda declinación tendrán una etapa de formación intermedia, más reciente, de acuerdo a su mayor uniformidad, mayor viveza expresiva y mayores recursos innovadores y reglados.
Esto hace suponer que las declinaciones, como elemento distintivo de la lengua latina, son un montaje intelectual, un esquema didáctico, un teórico esfuerzo de síntesis, en donde se han envuelto filósofos y pedagogos en etapas posteriores y actuales con criterios académicos que han dado como resultado la mágica estructura gramatical que hoy tenemos de la lengua latina, complicada e incomprensible al estudiante de hoy, sin puntos de contacto con las lenguas romances actuales, sin señales de semejanza con la numerosa descendencia que dejó sembrada en
Y dejando aparte el claro disparate de pretender a leer, entender o traducir, un texto clásico de la lengua latina con unas horas mínimas de clase durante un curso escolar y las evidentes diferencias de esa gramática con las lenguas actuales hasta el punto que viven totalmente divorciadas, cabe la alternativa de romper con ese viejo mito de la gramática latina producto del mentalismo griego y el conservadurismo actual. No sobra la enseñanza del latín porque ahí están las raíces y sin referencia al latín nunca se entenderá el español de trescientos millones. Pero sí sobran los prejuicios científicos, los malos hábitos docentes, la comodidad y la falta de visión histórica. Cabe la alternativa de borrar previamente la idea de declinaciones latinas, al menos en parte, como nuevo método de aprendizaje de la lengua de Julio César. Cabe la posibilidad de prescindir de estas construcciones prefabricadas y torturantes y tomar los textos latinos desde abajo, empíricamente, tal como se hallan escritos, seguramente como se hablaban, analizarlos por separado, sin presupuestos preconcebidos de ningún tipo, sin esquemas previos, a través de la flexión propia de cada palabra. Acaso el alumno llegaría más tarde al concepto de declinaciones y casos diferentes. Posiblemente la dificultad que pueda presentar la coincidencia desinencial de las diferentes funciones sintácticas, exija un esfuerzo infinitamente menor que el trabajo titánico que hoy impone el aprendizaje de todas las categorías gramaticales y su posterior aplicación práctica. Es de creer que el camino se reduce a una sola dirección y además se propone el aprendizaje sensible que es el propio mundo de los alumnos de hoy. La reflexión sobre la lengua, a fin de cuentas, es una tarea ajena al conocimiento de la propia lengua.
La experiencia está en marcha en algunos institutos experimentales de Galicia. La idea ha sido propuesta desde el gabinete de la reforma de la consellería. La propuesta es sugestiva, llena de posibilidades, puede ser válida; pero está lanzada con tanto miedo, con tanta desconfianza, con tanta inseguridad, que poca tranquilidad ofrece, en principio, a quienes tienen que aplicarla y menos todavía a quienes reciben esta información desde el conformismo de siempre. Parece que detrás de ella se esconde un delito herético inconsciente y miedo a caer en las manos de algún tribunal inquisitorial o cometer delito de traición de las costumbres. Desde luego que se trata de una experiencia que puede resultar bien o mal, condicionada sobre todo a las autoridades docentes decididas, o no, a su aplicación. Pero, en principio, se pueden destacar tres cosas importantes. Primero que esta visión inmediata, práctica, directa de la lengua latina, debe facilitar grandemente el aprendizaje de la flexión nominal y verbal. Segundo que este tipo de aprendizaje, desde abajo, sintoniza mucho mejor con el funcionamiento interno de los alumnos siempre más atentos a los contenidos sensoriales que a las abstractas construcciones mentales. Y tercero que es una experiencia importante porque además se realiza aquí en Galicia posiblemente por primera vez, -tengo entendido que los rumanos la están haciendo también con su romance- no es copia mimética de lo que llega fotocopiado de otras autonomías españolas y rompe un poco esa nuestra inercia tradicional a aventurarse en proyectos nuevos, renovadores, de cara al futuro.
Además debería revisarse el aspecto didáctico de la lengua latina en las escuelas. Después de todo el español actual que hablamos y escribimos no es otra cosa que una evolución histórica del latín. El puente, entre los dos extremos, es claro. Y el interés humano de su estudio derivado de esa relación. Hoy el puente está roto y el divorcio es total. Poca relación se percibe entre Cervantes y Cicerón. Tal como están las cosas sería mucho más provechoso analizar los textos latinos, hacer alguna referencia a la desaparición de los casos, estudiar las raíz de las palabras patrimoniales más cercanas a su origen, establecer relaciones temporales en la evolución desde el latín hasta nuestros romances actuales, recordar algunas leyes fonéticas que rigen la evolución normal de las lenguas a través del tiempo y acusar la política delictiva de las manipulaciones de los pequeños sátrapas que juegan en las fiestas políticas con total impunidad. Se debe simplificar el estudio de la lengua latina a una práctica enseñanza de etimologías, prefijos y sufijos, infinitamente más práctico que lo que tenemos en la escuela actual. Todos los tecnicismos que se citan en las clases de cada día en todas las disciplinas, y los arcaísmos de las lenguas coloquiales y las diferencias de las lenguas regionales, son todavía reliquias de la lengua latina. Más provechoso y más grato verificar los componentes derivativos de origen latino y las derivaciones cultas y populares, las numerosas conexiones fonéticas, léxicas y semánticas presentes en el español de veinte naciones antes que la tortura de las viejas declinaciones y conjugaciones verbales en seco. La obligación de aprender hoy esa lengua extraña, que mal se relaciona con las demás materias, tan alejada de los centros de interés de los alumnos, que crea tantos problemas de aprendizaje y genera tanto desprestigio injusto hacia la lengua madre de otras lenguas actuales europeas, tal como se está haciendo ahora, es uno de los grandes disparates de las enseñanzas humanísticas de nuestro tiempo y un factor de desprestigio del actual sistema de educación.
Cereijo
Orense 6-11-88

