Guerra Irmandiña
GUERRA IRMANDIÑA Debieron existir causas muy graves para llegar a esta exaltación popular. Y las hubo. Galicia desde principios del siglo XI formaba parte del reino de Castilla. Pero la justicia real no existía. No había quien hiciese, ni osase pedir justicia. Los reyes a veces eran dos o no había ninguno o si había no reinaba. Enrique IV, sin autoridad, buscaba un heredero cuando nació Sus injusticias fueron el detonante de la explosión. Quien más podía más hacía y más tenía, tenían a su gente atemorizada hasta el punto que los campesinos no osaban salir de casa a cavar sus viñas ni a cuidar sus haciendas y tenían que dormir en las iglesias por seguridad. Desde las fortalezas los propios señores perpetraban sus ataques al pueblo donde se protegían y escondían sus presas. Allí organizaban los robos, los ataques a bines y personas, el saqueo de ganados y de cosechas, cobran impuestos a capricho, secuestran a labradores ricos para cobrar rescate, violan a sus mujeres e hijas. Para salir al campo deben hacerlo en grupo y armados. Hasta el colmo de que estos delitos llegan a ser prácticas tan habituales que adquieren carácter legal. Los ladrones a fuerza de reiterar sus delitos adquirían derecho a robar. Y los robados tanto tenían ya en uso sufrir aquellos robos que los consentían como cosa debida. Indefensión total. Ni jurisdicción religiosa ni laica. Con el sarcasmo además de que los veladores de la justicia, los propios señores, eran los propios malhechores, los vigilantes eran ladrones, los guardianes, delincuentes. Esta anarquía social que era impunidad total del delito, indefensión e impotencia de los débiles, aumentaba la rabia justiciera del pueblo contra sus jueces, señores y clérigos, implicados en los robos de sus bienes. No fue difícil conseguir del rey permiso para hacer las hermandades que equivalía a dar armas al pueblo para su defensa. Sería la válvula de escape, el detonante y la fuerza de las hermandades. Es decir, la razón del pueblo bajo para unirse, para ponerse en pie de guerra, para proclamar a gritos su rebeldía, para manifestar la inmensa fortaleza de sus brazos y librarse del oprobio. Comienza la rebelión de los siervos, -parecida a la rebelión de esclavos de Roma- se sienten invencibles, los irmandiños se organizan y toman el poder. El volcán explota en una situación límite. Es la justicia del pueblo, campesinos, gentes de ciudad, algunos hidalgos y caballeros, algunos clérigos, hacen la historia de la primera revolución anti-nobiliaria en Galicia. Y hay rasgos de contención en ella porque primero exigen por las buenas a los nobles que dejen sus castillos sin violencia y luego concentran su ira en el derribo de sus fortalezas. Las que no se entregan las asedian como es el caso de Tuy, Monforte, Allariz. El asedio de Tuy se suspende cuando se conoce la muerte del señor que la defendía. Hay pocos documentos sobre las batallas. Solo se habla de la derrota de Monforte que costó a la hermandad unos cuatrocientos muertos. Pero el sentido clasista de la rebeldía de los villanos contra sus amos, el violento ataque a sus fortalezas, se supone una recia y sangrienta resistencia de los nobles y sus poderosos ejércitos antes de salir al exilio o ver caer las almenas de sus torres y al regreso de Castilla y Portugal a sus posesiones después la guerra. Ya antes, en el 1455 de la gran revuelta hubo una sublevación contra el obispo de Orense y se destruyó el castillo Ramiro donde se producían muchos agravios a los vecinos. Los irmandiños organizaron el poder y se hizo justicia durante dos años, 1467-1469 en el reino de Galicia. Estos hechos sociales no son fortuitos ni aislados unos de otros. Se encadenan y las situaciones se repiten en forma muy parecida por costumbres atávicas. Galicia hoy es el mismo pueblo conservador de siempre, proliferan las injusticias sociales como antes, no con lanza, sino con el nuevo estilo democrático. Hay pequeños y grandes jefecillos en los pueblos, líderes, gobernantes, corregidores que se parece a aquellos señores feudales. Hay pazos, castillos, fortalezas, con prurito de la vieja nobleza donde vive el espíritu de los malhechores de antaño. Ahora son más demagogos, más refinados, más tramposos porque tienen que ser políticamente correctos. Es decir, simular y mentir. El abuso de poder se ejerce con despotismo mientras el pueblo conserva en las sombras su instinto de supervivencia, tolera y soporta hasta un límite. Donde nunca sucede nada puede suceder. Los agravios de entonces como las mentiras de ayer, se acumulan, pueden volver a la realidad y explotar. El pueblo es paciente; pero se cansa. Hay movimientos de hermandad en la base, las asociaciones de vecinos, las protestas populares, las manifestaciones masivas, la objeción de conciencia. Válvula de escape y detonante de tensiones sociales contenidas. Las injusticias, como los gases, se inflaman y siempre aparece una santa hermandad celosa de los valores dispuesta a ponerse en pie de guerra contra el desorden. El pueblo bajo percibe en engaño de falsas palabras, la traición de los gestos, el abuso del mando, la burocracia asfixiante y la corrupción masiva los gobernantes. Las fortalezas de mando, las sedes del gobierno, son antros de malhechores como entonces. El sentido justiciero del pueblo, su honradez natural, está intacto, es la poderosa fuerza telúrica que, violenta o tranquila, tarde o temprano, se pone en marcha. Porque el espíritu de los irmandiños, no ha muerto y por ahí anda errante por los predios y los pagos moribundos de este viejo reino de Galicia. Cereijo Orense 28-6-08