CRÓNICAS DEL NOROESTE

Instituciones Americanas

 

 INSTITUCIONES AMERICANAS

 

          Una de la causas de la inestabilidad política americana es la fragilidad de sus instituciones. Ya se sabe que esas instituciones materiales, culturales, son cauces, modelos, pautas, patrones que encauzan la actividad colectiva de los pueblos y favorecen la concordia social. Son como el vientre y las entrañas de las madres que gestan la vida humana. Tienen carácter normativo, son estables en largos espacios de tiempo, protegen las tradiciones y los altos ideales de los pueblos. Recuérdense la institución familiar desde las tribus hasta hoy, la protección de las inclemencias desde la caverna a las casas inteligentes, la defensa militar desde el arco y la honda a la guerra electrónica, desde el rudo analfabetismo de pueblos ágrafos a los complejos sistemas educativos de hoy, la comunicación de los tambores y los silbidos a interné. Las instituciones son parte de la cultura y humanizan al hombre y a los pueblos. Son conservadoras, persistentes en el tiempo y amantes de las tradicionales. Son flexibles, se adaptan a su medio histórico, se renuevan, se enquistan. De ahí la variedad cultural y étnica en el mundo. Unas son más eficaces que las otras y la globalización tiende a borrar diferencias. Y aún así las notas diferenciales de las instituciones americanas y europeas, del nuevo y el viejo mundo, son bien claras y explican algunos hechos culturales en ambas partes del mundo. Aquí son más viejas, anquilosadas, mirada pretérita y avance lento; allí más flexibles, más dinámicas, miran al futuro con mayor movilidad.

Nunca se podrá entender bien la historia de España si no se ha recorrido las pampas y sabanas, los ríos y las selvas americanas tanto en su grandeza como en su ruindad, decía Lorca cuando escribía un poeta en New York. Y la verdad es que la grandeza de España está en América, la cultura española está en América, la sangre hispana fecunda sus tierras. Incluso el destino de la lengua española progresa más en América que en España. Yo debo confesar que nunca sentí más fuerte la emoción de la hispanidad que viviendo en el nuevo continente; se dice con razón que viajar mata la migraña casera y la melancolía. Los sismos políticos  americanos y sus cambios de gobierno,  no son  gratuitos. Esa es la magia de la institución; después de todo ellos llevan pocos siglos de historia –antes es prehistoria- frente a los milenios de la cultura occidental; ellos apenas han tenido ocasión para situarse en el mundo y sedimentar sus identidades. Son un reciente mestizaje, la indolente sangre indígena, la sangre esclava africana, la sangre indómita del conquistador hispano. Una mezcla que todavía no ha cuajado suficientemente ni ha sedimentado estructuras sociales sólidas para el futuro.

Las instituciones americanas son débiles, rudimentarias, incipientes, sin solidez. La fiebre emancipadora arrasó con el montaje colonial y todavía no recuperó el tiempo perdido. Hoy faltan moldes, senderos profundos para recorrer el camino con seguridad. Los efectos del liberalismo y vientos democráticos que coinciden con la fiebre emancipadora han sido en América galernas tropicales y tornados que todavía no han moderado su turbulencia. Se cortó el hilo umbilical de la madre patria de forma prematura y se crearon procesos revolucionarios improductivos. Hasta la lengua estuvo en peligro. Los próceres llegaron a dudar de la oportunidad y las ventajas de la aventura emancipadora porque sintieron el vértigo de la soledad y las asechanzas de la anarquía, del desorden, de la delincuencia, de los golpes de estado que se suceden de forma reiterada; unos tiranos eran desalojados por otros, abundaban las autocracias y abusos de poder dentro del caos administrativo. La libertad era la coartada que derivaba en libertinaje, en demagogia, en populismo que son procesos todavía vivos en esta tierra.

La fragilidad de las instituciones debilita la libertad y puede quebrar la soberanía recién conquistada. Su libertad nueva tenía algunas ventajas, el disfrute amplio de la autonomía individual, la libertad virgen y exuberante como su jungla, la libertad para todo, libertad espontánea de pueblos nuevos que la gozan a sin frenos, libertad generosa como su geografía, con la alegría extrovertida de espacios abiertos, una libertad hacia afuera llena de entusiasmo creativo, sin complejos, sin frustraciones históricas, solo el peso salvaje de la selva que es la ley de la jungla. No hay la dureza de  los encofrados férreos del viejo continente y la esclerosis del rodaje multisecular de Occidente. Era la prisa en construir naciones nuevas donde todo estaba por hacer, roturar caminos nuevos donde todo era selva. Era el peligro de asimilar la anárquica en la praxis social y consagrarla dentro de la convivencia de la sociedad y usarla como norma de la inseguridad en las calles y los conflictos cotidianos de la convivencia. Un concepto de libertad sin controles, sin normas, algo parecido a la utopía del mundo feliz que tuviera categoría de normalidad.

Las instituciones europeas son diferentes, tienen naturaleza temporal milenaria, están blindadas con viejas tradiciones, purificadas por siglos de  historia, con reformas, contrarreformas y crueles guerras difíciles de suplantar en una crisis revolucionaria. En su piel llevan la esclerosis del desgaste y las arrugas del cansancio que todavía asoman en sus estratos conservadores.  A veces producen efectos deshumanizadores, retardan el desarrollo cultural y forman complejos que a modo de óxido en las máquinas impiden el correcto funcionamiento. Tan recargadas que convierten al hombre europeo en un autómata, esclaviza el ejercicio de la libertad, matan su instinto creativo, produce hábitos de conducta  estereotipados, rancios, rutinarios, anacrónicas, propias de sociedades viejas; producen una forma de cultura endurecida, nueva forma de esclavitud y alarmas de etapas decadentes. Exigen a gritos aires renovadores porque así ya no podrán  levantar la bandera del viejo continente como ejemplo de los nuevos pueblos americanos.

Las instituciones europeas son recias, como sus muros de granito, asentadas como las pirámides, como sus castillos y catedrales, instituciones pétreas que hacen de mazmorras a los hombres encogidos dentro de ellas; ellas son cadenas de fuerza que oprimen a los individuos y a los pueblos, leyes rígidas de los parlamentos que van dejando víctimas en las cunetas, la ortopedia del poder que coarta por todas partes la libertad, instituciones que hacen presión como cuñas sobre el individuo, crean determinismo sicológico, ambientes deprimidos propensos a las enfermedades mentales, bajas laborales por depresión, incremento de suicidios, hospitales siquiátricos y consumo creciente de estupefacientes. El hombre encogido y la libertad estrecha. Aquella libertad salva; la de aquí deprime; allí es la libertad del hombre abierto al mundo, aquí la libertad del hombre resignado. Allí las instituciones están muy cerca del caos social, el despotismo de su clase dirigente, el peligro de las oligarquías, los golpes de caciques y coroneles, el engaño de las potencias foráneas que las explotan desde fuera. Ojalá Europa limpie el óxido corrosivo del desgaste institucional y América calcifique un poco las suyas para encauzar el enorme potencial de sus recursos naturales y humanos.

 

Cereijo

 

ORENSE  l6 -4- 90

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